Antoinette Torres Soler creó Afroféminas, una plataforma que documenta la experiencia de mujeres negras desde una mirada antirracista y decolonial. Luego da un paso más: desarrolla AfroféminasGPT, una inteligencia artificial entrenada para razonar sobre racismo de verdad, en lugar de la neutralidad. El texto explora por qué eso es necesario en América Latina, cómo se financia un proyecto así, las resistencias que enfrenta, y por qué para Centroamérica esto es especialmente importante.
Por Gabriela Paz
Hay historias que empiezan desde una pregunta. En el caso de Antoinette Torres Soler, la pregunta fue: ¿qué significa ser una mujer negra en una ciudad europea? Migró desde Cuba a los treinta y un años, y una certeza que todavía no tenía nombre: algo en su experiencia cotidiana no encajaba con lo que el discurso oficial llamaba “convivencia”, “tolerancia” o “diversidad”. Cuando se nombra, lo hace desde una constelación de experiencias que se entrelazan sin jerarquías: mujer afrocubana migrada, feminista negra, activista antirracista, creadora, madre de una hija afroespañola. No son etiquetas, son capas que dialogan entre sí y que sostienen la mirada desde la que escribe, enseña y construye herramientas. Esa mirada situada, lúcida, profundamente política es el corazón de Afroféminas.
En España la violencia simbólica, la sospecha permanente, la mirada que clasifica antes de escuchar la hizo entender que lo que vivía no era anecdótico, sino estructural, y que la experiencia de una mujer negra (en Madrid, en La Habana, en Tegucigalpa o en Cali) tenía resonancias comunes.
Pero también surgió de una intuición política: el racismo no es un malentendido, sino un sistema, y que, los resultados de búsqueda sobre “mujer negra” en internet eran parte del problema: imágenes estereotipadas, sexualizadas, exotizadas. Si el algoritmo decía quiénes éramos, entonces había que disputar esa narrativa. Crear contenido desde otro lugar: desde la dignidad, la complejidad, la agencia. Es una forma de disputar el sentido común en espacios de actuación digital. Y, en paralelo, era una herramienta para educar a su hija, entonces una bebé afro española, hoy una adolescente.
Con el tiempo, la plataforma fue leída como un aire fresco dentro del activismo y de las pedagogías críticas. No solo hablaba de violencia estética, sino de racismo laboral, de la violencia institucional, del racismo en la escuela y en la universidad. Antoinette insiste en que el racismo opera en dos capas: una estructural, reproducida por las instituciones, y otra subjetiva, inscrita en quienes ocupan posiciones de privilegio. La información puede ampliar miradas, pero no basta: hay un orden racial que se aprende, se naturaliza y se defiende incluso cuando se niega.
Ese análisis crítico es el que también la llevó a “hackear” ChatGPT. En lugar de construir un modelo desde cero, decidió introducir el pensamiento afrofeminista y decolonial en una herramienta que no estaba diseñada para dar protagonismo a bell hooks, Fanon, Angela Davis o Sueli Carneiro. Ver cómo una IA empezaba a razonar desde las experiencias que ella misma había vivido y leído durante doce años fue, para Antoinette, un gesto de esperanza. Lo nombra sin rodeos: “la IA puede ser un atajo emancipador para los pueblos del Sur global. No porque sea justa, sino porque permite disputar la desigualdad cognitiva que históricamente ha definido quién tiene derecho a producir conocimiento”.
En América Latina, donde el racismo suele negarse en nombre del mestizaje, ChatGPT responde sobre racismo con una neutralidad que es, en sí misma, un sesgo. Presenta la violencia como “opinión”, equipara a quien la ejerce con quien la sufre, y traduce experiencias latinoamericanas a referencias anglosajonas. Una mujer garífuna preguntando por violencia institucional puede recibir una respuesta sobre Rosa Parks. Es técnicamente correcto y políticamente inútil.
Su lectura es incisiva: “muchas veces las mujeres negras no acceden a oportunidades no por falta de ideas, sino porque se les excluye por cómo hablan, por no dominar los códigos de legitimidad que Bourdieu describió en La distinción. La IA, usada críticamente, puede traducir esos códigos, abrir puertas, acompañar procesos de autonomía. Y puede, sobre todo, nombrar lo que las herramientas generalistas tienden a neutralizar: el racismo como estructura, no como opinión”- increpa Soler.
AfroféminasGPT nace desde esa convicción, pero también desde una ética. Antoinette decidió no entrenarla con testimonios de Afroféminas para no citar a personas sin permiso. Eligió textos libres, con consenso dentro de la comunidad antirracista, y asumió la responsabilidad política de esa curaduría. Lo dice con claridad: ninguna IA es neutral. AfroféminasGPT está situada en una tradición concreta, y su fuerza está precisamente en reconocerlo.
También reconoce sus límites. La herramienta tiene mayor densidad en pensamiento afrofeminista del norte global y en producción brasileña. Las realidades garífunas, afroindígenas, afromexicanas o del Pacífico colombiano están menos representadas. En lugar de ocultarlo, la herramienta lo dice, orienta hacia fuentes específicas y se amplía solo cuando encuentra textos que no caen en la apropiación. Es una ética de la honestidad, no de la omnisciencia.
Sostener un proyecto así no es sencillo. Afroféminas, tal cual pasa como muchos proyectos contra hegemónicos de la comunicación, se mantiene gracias a la docencia universitaria y a colaboraciones con ONGs y espacios culturales. No reciben financiación pública estable, esto, les permite hablar con libertad, pero que también implica cansancio, multiplicación de trabajos y un equipo pequeño que sostiene más de lo que se ve. Las delegadas en América Latina trabajan de forma voluntaria, unidas por afinidad política más que por estructura formal. Crecer despacio ha sido una decisión estratégica: preservar la coherencia antes que profesionalizarse a costa del control editorial.
En ese camino también han enfrentado resistencias duras, como todo proyecto que incomoda. Desde el feminismo hegemónico, cuando Antoinette decidió no sumarse a una huelga en España que no nombraba el racismo laboral ni las violencias que viven las mujeres negras. Y desde dentro de la comunidad afro, en un momento especialmente vulnerable, justo después de sobrevivir a un cáncer. Lo cuenta con una honestidad que desarma: fue la primera vez que sintió que la injusticia podía quebrarla. El acompañamiento profesional en salud mental la sostuvo. Y la decisión de no odiar a nadie la devolvió a la creatividad y la posibilidad de imaginar mundos mejores. “Para crear las pocas cosas que he podido conseguir, no he tenido que hacerle daño a nadie”, dice. Y en esa frase se condensa su ética política.
Hoy, Afroféminas, AfroféminasGPT y el trabajo de Antoinette siguen abriendo grietas en un orden que insiste en neutralizar, diluir o endulzar el racismo. Su proyecto no es solo editorial ni tecnológico: es una pedagogía de la dignidad. Una invitación a mirar el mundo desde las experiencias que históricamente han sido silenciadas. Una apuesta por la palabra situada como herramienta de transformación.
Para Centroamérica, donde el racismo estructural rara vez se nombra y donde la tecnología suele sentirse ajena, AfroféminasGPT es más que una herramienta: es una invitación. Una forma de decir que la tecnología también puede pensarse desde los márgenes, desde la diáspora, desde la experiencia negra y migrada. Es un recordatorio de que la neutralidad no existe. Y de que disputar el algoritmo es disputar el mundo.
Porque cuando una mujer negra decide que la tecnología puede revelar otras verdades, algo en el orden de lo posible se mueve. Y nosotras; las que leemos, las que enseñamos, las que organizamos, las que buscamos palabras para nombrar lo que vivimos, encontramos posibilidades para seguir abriendo camino.


