Por Reiny Ponce
Durante décadas pensamos que el patriarcado se aprendía en la familia, la escuela, la iglesia. Hoy habría que sumar un nuevo espacio de socialización: los algoritmos de las redes sociales.
Cada vez que entramos a TikTok, Instagram, Facebook o YouTube no solo consumimos entretenimiento. También entra en un espacio donde se disputan imaginarios sobre el poder, el deseo, el éxito y la masculinidad. Los algoritmos ya no solo organizan la información que vemos; también organizan las emociones que aprendemos a sentir, las relaciones que consideramos deseables y las identidades que aprendemos a habitar.
En ese contexto aparece La manosfera digital: Algoritmos y narrativas sobre masculinidad en El Salvador y Honduras, una investigación realizada por Puntos de Encuentro en junio del 2026, que constituye uno de los primeros esfuerzos por comprender cómo se construyen las masculinidades en los ecosistemas digitales centroamericanos. Más que estudiar un fenómeno en internet, la investigación se pregunta cómo los algoritmos participan hoy en la formación de subjetividades masculinas y qué implicaciones tiene esto para la igualdad de género, la convivencia democrática y la prevención de las violencias. La investigación cobra más relevancia en Centroamérica, donde el patriarcado no es únicamente una herencia cultural, sino una estructura que sigue organizando la vida cotidiana mediante el conservadurismo religioso, la violencia contra las mujeres y profundas desigualdades sociales.
La investigación define la manosfera como un ecosistema de comunidades, influencers y creadores de contenido que producen narrativas sobre masculinidad, sexualidad, relaciones afectivas, disciplina, autonomía, estatus y género. Aunque suele asociarse con discursos antifeministas o misóginos, la evidencia muestra que en Centroamérica su capacidad de expansión ya no depende exclusivamente de mensajes de odio ni de plataformas específicas. Su mayor fortaleza consiste en presentarse bajo formas mucho más aceptables: consejos de productividad, liderazgo, bienestar emocional, autocontrol, relaciones de pareja o desarrollo personal.
Los hallazgos resultan especialmente relevantes porque rompe con una idea instalada en buena parte de la literatura internacional de que la manosfera digital habita únicamente en foros marginales o comunidades extremistas. En El Salvador y Honduras circula, principalmente, en las plataformas que millones de personas utilizan todos los días: Facebook, TikTok, Instagram y YouTube. Los videos cortos, los memes, los clips de opinión y las frases motivacionales funcionan como vehículos de socialización emocional e ideológica sobre lo que significa “ser hombre”.
El dato más inquietante de la investigación no es comprobar que existen discursos misóginos. Eso ya lo sabíamos. Lo verdaderamente revelador es que la mayor receptividad no se concentra en mensajes abiertamente antifeministas, sino en narrativas de autodisciplina, liderazgo, control sexual, autonomía, éxito personal y valores tradicionales. Mi lectura de esta investigación es que la radicalización contemporánea ya no necesita presentarse como odio explícito. Puede comenzar envuelta en discursos de bienestar, liderazgo o éxito personal, hasta naturalizar jerarquías que después resultan difíciles de cuestionar.No dice “rechaza a las mujeres o lo femenimo”; dice “conviértete en un hombre fuerte y de alto valor”.
La investigación dialoga, aunque no lo plantee explícitamente, con una de las intuiciones más potentes de Rita Segato. Cuando la antropóloga habla de la pedagogía de la crueldad, no se refiere únicamente a la violencia física. Habla de un proceso educativo que nos acostumbra a naturalizar las jerarquías, a convertir a las personas en objetos y a dejar de reconocer la humanidad del otro.
Desde esa perspectiva, la manosfera digital puede entenderse como una pedagogía política contemporánea.
No porque todos sus contenidos promuevan violencia explícita, sino porque enseñan una determinada forma de comprender el mundo. Una forma donde las relaciones afectivas se convierten en competencia, el amor en un mercado y la masculinidad en un proyecto permanente de alto rendimiento físico, económico y social. Bajo la promesa de éxito y el desarrollo personal, se reinstala una vieja lógica patriarcal: el valor de los hombres depende de su capacidad para controlar, competir y ejercer autoridad; el de las mujeres continúa vinculado a su disponibilidad afectiva y sexual.
La propia investigación advierte que estos discursos simplifican problemas complejos y ofrecen respuestas rápidas a experiencias reales de incertidumbre, frustración, soledad o precariedad. Los algoritmos premian precisamente esos contenidos porque capturan la atención y generan interacción. Así, emociones legítimas terminan siendo canalizadas hacia relatos que reafirman jerarquías de género en lugar de cuestionarlas.
El estudio introduce, no obstante, una advertencia metodológica importante: la búsqueda de disciplina, bienestar o autocontrol no debe interpretarse automáticamente como una adhesión ideológica a la manosfera. Esta cautela resulta indispensable para evitar simplificaciones y estigmatizaciones. Al mismo tiempo, la perspectiva feminista que orienta está investigación nos invita a ampliar el análisis y plantear otra pregunta: ¿quién o quienes están definiendo hoy qué significan la disciplina, el éxito y el bienestar para los hombres?
Porque ninguna de esas palabras es inocente.
La disciplina puede orientarse al cuidado o al control.
El liderazgo puede construirse desde la corresponsabilidad o desde la dominación.
La autonomía puede fortalecer relaciones democráticas o convertirse en una forma de justificar la desigualdad.
La automejora tampoco está exenta de ideología.
Todo depende del horizonte ético y político al que esas narrativas sirven. Ahí reside la verdadera disputa.
No se trata de condenar el deseo de los hombres de cuidar su salud mental, fortalecer su autoestima o construir proyectos de vida. El problema comienza cuando esas aspiraciones son capturadas por discursos que presentan las relaciones humanas como una competencia permanente y que reinstalan, bajo un lenguaje de emprendimiento emocional, viejas jerarquías patriarcales que reproducen la misoginia
Quizá ese sea el mayor aporte de la investigación. Nos obliga a comprender que el patriarcado del siglo XXI ya no necesita discursos grandilocuentes ni manifiestos explícitamente misóginos. Le basta con un algoritmo que recomiende un video tras otro hasta convertir determinadas ideas en sentido común.
Por eso la disputa por las masculinidades no se resolverá únicamente moderando contenidos o cerrando cuentas. Se resolverá cuando logremos disputar la pedagogía. Porque el algoritmo puede recomendar videos, pero las sociedades seguimos siendo responsables de decidir qué formas de humanidad queremos enseñar. Si el patriarcado encontró en las plataformas digitales una nueva escuela, el feminismo tiene el desafío de construir otra pedagogía: una que coloque en el centro el cuidado, la igualdad, la interdependencia y la democracia en la cama, la casa y la calle.
La manosfera no inventó la misoginia. El algoritmo tampoco inventó el patriarcado. Lo que hicieron fue algo mucho más eficaz: aprender a administrarlo, actualizarlo y volverlo deseable. En la era digital, la crueldad ya no necesita imponerse por la fuerza; basta con que aparezca una y otra vez en la pantalla hasta convertirse en sentido común. Por eso la disputa feminista ya no ocurre únicamente en las calles o en las leyes. También ocurre en los algoritmos, en las narrativas y en la imaginación política. Porque quien educa las emociones también disputa el futuro de la democracia. Y este es el compromiso de la revista digital Miradas Moradas y todo el trabajo de Puntos de Encuentro.
