Maquilisquad: patinar y hacerse un lugar juntas

Entre tardes calurosas de agosto, bajo la sombra que el edificio del hospital contiguo proyecta sobre las canchas y el skatepark, un grupo de mujeres se reúne desde hace poco más de un año a compartir un rato sobre roller skates, aprender trucos, caerse y levantarse juntas. Así nació Maquilisquad, una comunidad de patinaje agresivo en El Salvador que surgió del deseo de dos amigas por encontrarse con otras mujeres que quisieran patinar en colectivo.

Por Zaid

El patinaje agresivo es una variante del patinaje que consiste en hacer saltos, giros y deslizamientos en banquetas, rampas, muros y barandillas. Esta disciplina suele practicarse tanto en skateparks como en la calle, utilizando patines de cuatro ruedas paralelas (quad skates) o patines de ruedas en línea (in-line rollers).

En 2024, Sofi Alvarado y Gis Pernett, cofundadoras del grupo, coincidieron en un grupo mixto de patinaje en línea, y entre la frustración compartida de la convivencia con hombres, las ganas por tener un espacio donde la mayoría fueran mujeres y el impulso por aprender trucos nuevos, decidieron crear un espacio en el que pudieran colectivizar el aprendizaje, rechazar la individualización del deporte y construir competencia sana con otras.

Fotografía por Zaid

Sofi creció en diferentes zonas de San Salvador, y recuerda que durante su infancia todxs lxs niñxs de la colonia donde vivía tenían patines. Al ver a sus vecinxs, creció en ella el deseo de salir a patinar también. Empezaba el negocio de los usados en los alrededores de Santa Tecla y sus papás le consiguieron unos patines en línea morados, en “El Ángel”, una tienda de segunda mano que hoy ya no existe. Ahí, al fin, pudo comenzar sus tardes de patinaje con lxs demás niñxs.

Tras dejar el patinaje durante toda su adolescencia, Sofi reconecta con el deporte al ver a su amiga Meli patinar y poco después se encontró con unos patines en venta de los que no pudo pasar de largo: “Un día, haciendo compras para mi bazarcito de ropa que tenía en ese entonces en internet, una señora ahí en el centro [de San Salvador], tenía unos patines en venta colgados. Los ví, me encantaron, pero decidí no bajarme a comprarlos. Al siguiente día regresé y todavía estaban ahí. Me bajé, me los medí y me quedaban. Le pregunté el precio y me dijo que $25, y en ese entonces que no tenía trabajo y el único dinero que hacía era el del bazarcito, 25 dólares era el fin del mundo para mí, pero me armé de valor y le dije «vaya pues, démelos».”

Gis, arquitecta colombiana, patinó por primera vez a los 10 años, en un colegio pequeño de educación precoz donde la educación física incluía patinaje de línea, pero fue hasta los 23, cuando vivía en Argentina, que encontró su verdadera disciplina: el roller derby
El roller derby moderno es un deporte de contacto y velocidad en el que dos equipos de 5 jugadoras cada uno, juegan con quad skates sobre una pista plana ovalada. En dos tiempos de 30 minutos las jugadoras compiten por acumular puntos al rebasar a las patinadoras rivales mediante bloqueos físicos y agresivos. Tras más de sesenta años de existir, el renacimiento moderno del derby se da en la década de los 2000 en Austin, Texas, como un deporte que se alejó del viejo espectáculo teatral para convertirse en un deporte inclusivo, autogestionado, agresivo y exclusivamente femenino.

“Ví una película que se llama Whip It y dije «esto tiene que existir en algún lado»”, recuerda Gis. Se encontró en Facebook la página de la Liga de roller derby de Buenos Aires, y a pesar de no haber patinado en quads antes (solo en patines de línea) se metió a un entrenamiento con patines prestados por las compañeras de entreno y no lo volvió a soltar. Tras mudarse a Bogotá se unió al primer y único equipo en el que se mantuvo patinando.

En 2019, Gis se muda El Salvador por motivos laborales, y esto significó dejar la disciplina atrás ya que en el país no existen equipos de roller derby. “Mi vida es un antes y un después del roller derby”, dice. “Ahí encontré por primera vez una familia, compañeras, amigas; aprendí constancia y amor a algo”. Intentó sustituirlo con rugby, pero nunca fue lo mismo. Durante algunos años patinó sola, hasta que encontró un grupo en el que hacían rutas al centro de San Salvador, y aquí conoció a Sofi.

Fotografía por Paula Rivera

Bajo la misma motivación, Gis y Sofi comenzaron a frecuentar el skatepark juntas hasta que decidieron juntarse con otras personas que patinaban en quads: “Armamos el grupito un día que Sofi se juntó con Meli y con Pame en la Zacamil, y me invitaron a unirme. Ese día que nos vimos las cuatro, hicimos un grupo en Whatsapp, no con la motivación de reclutar a otras, sino solo para ponernos de acuerdo para venir a las rampas.”

El crecimiento, menciona Sofi, ha sido completamente orgánico, lo que comenzó como un grupo de whatsapp entre cuatro, fue creciendo a partir de encuentros casuales con otras chicas que patinaban o que querían aprender, y se volvió un espacio de intercambio entre más de diez mujeres de entre 17 y 39 años. Así, las Maquis —como les gusta nombrarse— no solo es una estrategia de encuentro entre mujeres, sino también un espacio que junta diferentes generaciones y diferentes culturas.

Flor, una integrante argentina que lleva un año viviendo en El Salvador, cuenta cómo vivió ese primer acercamiento al grupo: “[…] Yo que llegué, conocí a las chicas, de repente te encontrás con otras personas que hacen otro tipo de disciplinas, están los chicos de skate, están los chicos de BMX, están los chicos de roller… Esos espacios también es una forma de compartir, que es lo que básicamente para mí representa el quad skate. Por otro lado generamos comunidad […] estamos acá ahora haciendo esto y hay personas haciendo arte con danza, con música, y eso es muy importante en la cultura de Centroamérica.”

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El patinaje, situado en un contexto de un “espacio recuperado” en un barrio que pasa bajo vigilancia, se vuelve un ejercicio potente y valiente de re apropiación de espacios urbanos. K.T, miembra de Maquis menciona que “el skate, en todas sus variantes, tiene mucho que ver con adueñarse de los espacios: no solo de los espacios públicos, sino también de las calles. Es importante pensarlo como un medio de transporte más, ya que en sí nació en las banquetas y las aceras, esos lugares pensados solo para transeúntes […] Es una pasión que puede ayudar a crear comunidad, a resignificar espacios y a que más personas se reúnan, más allá de los lugares que solo permiten la idea del consumo: es un espacio de libre esparcimiento.”
Por esto, salir a ocupar la calle o el parque como grupo de mujeres y disidencias, en un país donde existe además un proyecto de “ordenamiento” de los barrios y donde estas disciplinas suelen estar criminalizadas, es también una forma de disputar el espacio público y negarse a cederlo.

Para Gis, tomarse un espacio público para patinar tiene un significado doblado por su experiencia migrante. Llegar a un skatepark se vuelve una forma de “presentarse”, y a la vez, de camuflarse en una nueva cultura. Esta imperceptibilidad le permite mimetizarse con otros cuerpos que ocupan un lugar público y reclamar, a través de una disciplina que conoce hace más de 15 años, el uso de un espacio en el que al menos por un instante puede sentir pertenencia. “Si a los diez minutos llegan [y se los quitan], por diez minutos ese espacio fue mío y me sentí del lugar”, menciona.

Fotografía por Paula Rivera

Para Sofi, patinar en compañía implica también asumir la caída como parte del proceso. A quienes se acercan con miedo, insiste en que aprender a caer es tan importante como aprender cualquier truco: “Sí te vas a dar duro, pero con buen acompañamiento no te va a pasar nada, porque también es cosa del acompañamiento que tenés. Una lesión no viene de cualquier lado: viene de que no has aprendido ciertas técnicas o no has tenido un buen acompañamiento y guía”. Para ella, el miedo es también una forma de ir conociendo el cuerpo: “El miedo es algo que llegás a conocer en tu cuerpo, es aprender a gestionar esas cosas que ni siquiera sabías que se podían moldear en tu mundo emocional”.

“Para mí, patinar en comunidad cambió totalmente mi vida. Inicialmente patinaba sola. Me compré unos patines en el shopping, empecé a patinar en mi cuarto a la par de mi cama (por si me caía, caía en la cama). Uno puede llegar a ser autodidacta en esto, pero no es lo mismo que alguien te sirva de guía. En este grupo hemos llegado a apoyarnos entre todas, a darnos tips e incluso a levantarnos cuando nos caemos […] Entre todas estamos pendientes de corregirnos detalles que nos ayudan a seguir aprendiendo. Comparte Pame, quien comenzó a acercarse al patinaje por medio del roller dance, una disciplina que combina pasos de danza con movimientos fluidos sobre quad skates.

Maquilisquad es un grupo de chicas con diferentes historias, cada una llegando a los quads desde diferentes lugares biográficos que hoy deciden converger en un mismo espacio físico. Esta disciplina le ha enseñado a cada integrante la potencia de la colectividad, la potencia de la transformación de la arquitectura hostil en territorios de libre expresión y la potencia de las existencias femeninas en lugares históricamente dominados por hombres.

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