Ana Rosa Pérez empezó a hacer radio a los 52 años sin saber usar una computadora. Diecisiete años después es la única mujer de la tercera edad en la cabina de Radio Comunitaria Sugua, integra la junta de agua de su comunidad y se prepara para volver al aire, junto al grupo de jóvenes que fundó la emisora y que hoy la reorganiza.
Son las tres de la tarde en Sambo Creek, en las afueras de La Ceiba, en el Caribe hondureño. Durante años, a esa hora los buses urbanos que venían desde Colón sintonizan la misma frecuencia. Los choferes subían el volumen, y alguna pasajera reconocía la voz: “Oye, es Ana hablando”. El programa se escuchaba hasta que la señal se perdía, más o menos a la altura de Corozal.
Esa voz es la de Ana Rosa Pérez. Nació y se crió en Sambo Creek, y ella misma se presenta con sencillez: “Yo solo soy ama de casa”. Pero la comunidad la conoce de otra manera. Cuando un sondeo preguntó qué se escuchaba en Radio Sugua, su espacio de 3 a 5 de la tarde salió como el más escuchado, según nos comentó.
Una radio nacida de jóvenes “rebeldes y dinámicos”
En 2009, un grupo de entre 20 y 25 jóvenes de la comunidad, mujeres y hombres de 15 a 22 años, se organizó para limpiar playas y calles. Les interesaba también el rescate de la cultura y la educación. “Éramos jóvenes rebeldes, pero también dinámicos, que participábamos en las diferentes situaciones comunitarias”, recuerda uno de sus fundadores.
Según la Organización Fraternal Negra Hondureña (OFRANEH), la Radio Comunitaria Sugua surgió en Sambo Creek en 2009, después del golpe de Estado. Por la cercanía de la comunidad con La Ceiba y las fuertes influencias culturales externas, la radio se concibió como una herramienta de protección y rescate cultural, ligada al grupo de Jóvenes Sugua.
Diecisiete años después, muchos de aquellos jóvenes ya no están. Algunos migraron buscando un futuro mejor, otros formaron familia. Pero hay dos nombres, Naún y Anthony de quienes empezaron y siguen empujando el proyecto “para que no se detenga”.

Ana recuerda que la emisora arrancó en noviembre de 2009. Nueve días después, ella ya estaba ahí. Conocía a Naún desde que él era compañero de escuela de uno de sus hijos y llegaba a su casa. Se animó y le dijo: “Nunca he estado en una cosa así, pero fíjate que me gustaría participar”. Naún le preguntó con qué programa, y ella respondió: “Musical”.
Los primeros dos meses aprendió con Anthony, otro de los fundadores. Le costaba la computadora. Un día Anthony encendió el equipo, se levantó y le dijo que se iba y que ella tenía que ver cómo resolvía. “Desde ese tiempo yo empecé a hacerlo sola”, cuenta.
Así nació Música del recuerdo, con merengue y clásicos que la gente mayor pedía. Muy pronto el programa dejó de ser solo música.
Entre canción y canción, Doña Ana conversa con su audiencia sobre la vida en la comunidad. Aconseja a jóvenes que andan en malos pasos y les dice que hay que buscar una forma de vida mejor. A las personas mayores les pide consejos para compartirlos al aire.
Por su cabina pasan los avisos de duelo, los cumpleaños con canción dedicada, las carteras y llaves perdidas. Hay reglas que ella misma se impuso: no anuncia un fallecimiento hasta que la familia se lo pide.
Cuando funciona a plena capacidad, Sugua transmite de 7 de la mañana a 10 de la noche, con entre 8 y 10 programas diarios: culturales, educativos, religiosos y musicales. La fórmula, explica el fundador, es combinar música con información. En cada programa aparecen la identidad, la espiritualidad y la ancestralidad garífunas, y se procura hablar en español y en garífuna. Esto último no es fácil, porque no toda la audiencia habla la lengua con fluidez.
La Red de Radios Comunitarias Garífunas Hamalali Garinagu se ha ido formando en las últimas dos décadas con apoyo de OFRANEH, aunque las radios son estrictamente comunitarias y responden al mandato de su pueblo. La red busca defender la cultura frente a los medios masivos, contribuye a la defensa del territorio y fortalece a mujeres y jóvenes en el manejo de las emisoras. La primera de estas radios, Faluma Bimetu, se fundó en 1997 en Triunfo de la Cruz.
Sostener estos medios ha exigido valentía. En enero de 2010 la emisora Faluma Bimetu fue incendiada, y OFRANEH denunció que nunca hubo una investigación seria de los hechos. Radios de la Red Mesoamericana denunciaron además que un cambio de reglamento restringió la solicitud de frecuencias a organizaciones legalmente constituidas. Eso desconoce que las radios comunitarias nacen de las propias comunidades.
Como ha planteado la presidenta de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias para América Latina y el Caribe, el derecho a comunicarse es quizá el que abre paso a todos los demás, incluido el derecho a disentir.
Sostener la radio
Cuando llega el recibo de la luz o hay que pagar internet, cada integrante aporta lo que puede. Han vendido hamburguesas por encargo, y cada año organizan la fiesta de aniversario de la radio, que la gente sigue pidiendo.
Los golpes más duros han sido técnicos. Cuando se arruinó el transmisor, la emisora quedó en silencio más de cuatro meses. En la calle la gente preguntaba cuándo volvía la radio, y la respuesta no dependía de las ganas del equipo. Tras tres o cuatro meses de pruebas sin fallas, el equipo se prepara para convocar a nuevas personas voluntarias y lanzar una nueva programación.
Las radios comunitarias de Centroamérica existen por autogestión. No hay fondos estatales que las sostengan, como sí ocurre en algunos países de Sudamérica. Viven del aporte de organizaciones aliadas y, sobre todo, de su propia comunidad. Por eso una avería se vuelve crisis: la reparación es cara y técnicamente difícil, y en cada país hay muy pocas personas capaces de resolverla.
Ese mismo espíritu sostiene otra tarea de Doña Ana. Desde hace más de nueve años integra la junta de agua de Sambo Creek. Limpia el tanque y las tomas, clora el agua y, si un tubo se rompe, hace de fontanera. Hubo temporadas en que le tocó cargar sacos y pala. “Si no le llega el agua, la gente se molesta. Habiendo agua, todo el mundo está tranquilo.”
Que una mujer ocupe ese lugar no es poca cosa. En la región, las juntas de agua han estado tradicionalmente integradas por hombres, y en América Latina y el Caribe las mujeres representan apenas el 19,7 % de la gestión de agua y saneamiento.

En la política formal la brecha es mayor: para el periodo de gobierno 2022-2025, las mujeres ocuparon el 25 % de las diputaciones y el 5 % de las alcaldías en Honduras. Por eso los espacios comunitarios, como una radio o una junta de agua, son muchas veces la primera puerta por la que las mujeres entran a la vida pública.
Ni Doña Ana ni el fundador de Sugua imaginaron llegar hasta aquí. Ella se dedicó a sus hijos mientras eran pequeños. Cuando crecieron, un vecino la propuso en una asamblea para la junta de agua, y desde entonces no ha parado.
Él aprendió el camino acompañando a su mamá, Petronila Gutiérrez, a reuniones comunitarias. “Sin darme cuenta, de repente yo estaba dentro de esos proyectos, jalando la misma línea que mi mamá llevaba”, cuenta. “Estoy muy orgulloso de ella.”
Los dos enfrentan hoy el mismo desafío: el relevo. La radio trabaja con jóvenes desde los 14 o 15 años, pero muchos se van cuando llegan el estudio, el trabajo, la familia o la migración, y hay que volver a empezar de cero. Otros llegan esperando un pago.
Doña Ana les responde con su ejemplo: no vive de la radio, lo suyo es voluntariado y ganas de estar en las cosas de la comunidad. Con la junta de agua pasa igual. Convocan asambleas para que otras personas asuman, pero mientras nadie lo haga, ella no se va: “No nos podemos salir y dejar el sistema agotado”.
El fundador tiene un mensaje para las juventudes: servir a la comunidad abre puertas, forma el carácter y conecta con gente y aprendizajes que no llegan de un día para otro. Y cierra con una imagen que resume todo: “Uno solo ve su barrio, su casa, su patio. Pero al final, la comunidad es el patio de todos, y tenemos que defenderla”.
A sus 69 años, Doña Ana está lista para volver al aire con su programa, En la calle, la gente la detiene para preguntarle cuándo regresa. “Cualquier ratito voy a ir, ahí me van a escuchar”, les responde. En Sambo Creek, a las tres de la tarde, el micrófono vuelve a esperarla.



