Psicóloga de formación, salió de Nicaragua en 2018 tras la crisis sociopolítica. En Costa Rica pasó por empleos precarios antes de invertir sus ahorros en La Gigantona, un emprendimiento gastronómico que busca consolidar, mientras impulsa el pódcast Indómitos.
Artículo 66 y La Sala, Mujeres en la Redacción
La vida profesional de Nydia Monterrey tomó un rumbo inesperado en 2018. A sus 24 años, la participación activa en las protestas contra el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo derivó en amenazas de represalias para ella y su familia, obligándola a exiliarse en Costa Rica y a dejar atrás una trayectoria profesional que comenzaba a consolidarse.
Psicóloga de formación y emprendedora, enfrentó en el exilio un desafío muy distinto al que había planificado: encontrar trabajo, generar ingresos y reconstruir su autonomía económica en un entorno desconocido.
Su historia de reinvención comenzó lejos de los espacios para los que se había preparado. En sus primeros meses en Costa Rica, trabajó en el servicio doméstico y desempeñó otros oficios ajenos a su formación universitaria para lograr sostenerse.
Con el tiempo, volvió a explorar sus habilidades en la comunicación y apostó por sus propios proyectos. Así nació La Gigantona, un emprendimiento gastronómico que no solo le permitió abrirse camino como empresaria, sino también recuperar su independencia y construir nuevas oportunidades sin las condiciones que tenía antes.

El Caribe, la UCA y el primer negocio
Nydia creció en Bluefields, en la Región Autónoma de la Costa Caribe Sur de Nicaragua. Su infancia transcurrió entre el Movimiento Scout, las brigadas de auxilio comunitario y los micrófonos.
A los 12 años ya conducía un programa radial infantil que se mantuvo al aire durante seis temporadas, convirtiéndose en un rostro familiar en su comunidad.
Su vida transcurría lejos de la militancia política. «Yo tenía una vida bastante alejada de temas políticos, bastante indiferente a todo lo que tuviera que ver con algún conflicto», recuerda.
La labor comunitaria, los desfiles patrios y la recolección de víveres ocupaban buena parte de su tiempo, mientras sus aspiraciones profesionales se proyectaban hacia Managua.
Al concluir la secundaria, se trasladó a la capital para estudiar en la Universidad Centroamericana (UCA). En 2016 se graduó como licenciada en Psicología. Sin embargo, su primera experiencia con el mercado laboral formal le mostró que contar con un título no era suficiente.
La única oferta laboral que se le presentó en su área exigía un requisito ajeno a su formación académica: presentar el carné de militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Nydia rechazó la plaza.
«En ese momento yo no era mamá, tenía el apoyo de mis padres y me podía dar el lujo de ser digna y decir: No, por ahí no», afirma.

En lugar de aceptar esa condición, buscó una alternativa para generar ingresos por cuenta propia. Combinó sus conocimientos de psicología clínica con la consultoría en redes de network marketing, mediante terapias grupales y talleres de desarrollo personal aplicados al emprendimiento.
Para inicios de 2018, con 24 años, manejaba su propia estructura comercial y obtenía ingresos superiores a los que percibía, en promedio, un profesional recién egresado. Tenía un negocio en marcha y expectativas de estabilidad económica. Abril de ese año comenzó con los índices de facturación más altos de su carrera.
El panorama cambió con las protestas contra el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Nydia comenzó a participar apoyando a los grupos que denunciaban las violaciones a los derechos humanos.
Su creciente visibilidad la expuso a mayores riesgos. El exilio forzado la obligó a abandonar Nicaragua, interrumpió su trayectoria profesional y la llevó a buscar nuevas formas de subsistencia en otro país.
Perder el nombre en San José
Llegar a Costa Rica no significó el fin de la angustia sino el inicio de un tipo de violencia más silenciosa: la despersonalización. Tras cruzar la frontera de forma clandestina con su hermano de 18 años, Nydia se descubrió despojada de su contexto y de su trayectoria profesional.

Sin sus títulos apostillados, sin residencia legal y con la urgencia económica amenazando cada jornada, el choque con la realidad migratoria la golpeó.
«Lo más difícil es perder la identidad. Vos te conocés de una manera: Soy Nydia, psicóloga, tengo una familia, un negocio, unos valores. De pronto estás afuera y te dicen que tu título no vale nada. Que no sos nadie» , lamenta.
El impacto diario se manifestaba en los detalles más elementales de la supervivencia. En las primeras semanas, al recibir una pequeña remesa de 20 dólares enviada por su familia desde Nicaragua, Nydia descubrió que no podía cambiar la divisa en ninguna ventanilla bancaria por carecer de un documento de identidad aceptado por el sistema financiero costarricense. Parada en la fila del banco, solicitó el favor a los transeúntes uno por uno. Todos se negaron.
Ante la dificultad para obtener un permiso de trabajo —un trámite especialmente complejo durante los primeros meses de la crisis migratoria—, se vio obligada a incorporarse al mercado laboral informal, en condiciones de vulnerabilidad y precariedad. Su primer empleo en San José fue en el servicio doméstico, limpiando viviendas de lujo.
«La señora que me consiguió el trabajo me dijo: “Aquí te tenés que quitar de la cabeza el chip de que sos psicóloga, porque si no, no vas a salir adelante”», recuerda.
«Fue una manera muy brusca de decirlo, pero era real. Yo limpiaba llorando en mi mente, recordando mis años de esfuerzo universitario y mi tesis defendida con éxito, pero me esforzaba por dejar la casa impecable», dice ahora.
El aporte de la mujer migrante en Costa Rica
La frase resumía el choque entre la profesional que había sido en Nicaragua y la trabajadora que necesitaba ser en Costa Rica para pagar sus gastos.
Limpiaba mientras recordaba los años de esfuerzo universitario y la defensa de su tesis. Lloraba, pero procuraba dejar cada vivienda impecable. No se trataba de una elección vocacional, sino de una forma de sobrevivir mientras encontraba otras oportunidades.
Su experiencia refleja las dificultades que enfrentan otras nicaragüenses que migran a Costa Rica y terminan trabajando en el sector doméstico, a menudo en condiciones de informalidad.
Para 2024, la Asociación de Trabajadoras Domésticas, la Red de Mujeres Migrantes Nicaragüenses y la organización Enlaces Nicaragüenses estimaban que cerca del 40 % de las trabajadoras del hogar en Costa Rica eran de origen nicaragüense.
De acuerdo con los datos más recientes publicados por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en abril de 2026, para el año 2024 un total de 120.305 personas se dedicaban al trabajo doméstico. De este grupo, el 87,9 % correspondía a mujeres, lo que representa a unas 105.748 trabajadoras en los hogares costarricenses.
A la par de esta brecha de género, la contribución de las mujeres migrantes —particularmente de origen nicaragüense— resulta clave para dimensionar la dinámica de este sector. La medición oficial más detallada del Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU) registraba a 40.923 trabajadoras domésticas procedentes de Nicaragua y el dato corresponde a un informe publicado en 2020.
Nydia y su reinvención
La inserción laboral de estas mujeres está atravesada por obstáculos como la situación migratoria, las dificultades para acreditar estudios y experiencia profesional, y la necesidad de obtener ingresos de inmediato. En el caso de Nydia, el trabajo doméstico fue el primero de varios empleos que desempeñó antes de encontrar la oportunidad de retomar su desarrollo profesional y confiar nuevamente en sus capacidades.
Posteriormente, laboró en una empresa informal de fotografía para eventos masivos, con jornadas que superaban las 14 horas diarias sin derecho a compensación por horas extras, cobrando menos de la mitad del salario mínimo costarricense.
Más tarde ingresó como auxiliar en una floristería de la capital San José. Allí, su primera jornada de trabajo coincidió con la víspera de Nochebuena de 2018. Tras salir del taller a las 11:00 de la noche, extenuada y observando a través del autobús a las familias reunidas en las casas iluminadas, regresó a la habitación compartida donde la esperaba su hermano.
Esa noche, gracias a la solidaridad de un ciudadano costarricense que les donó dos pollos rostizados, una bolsa de pan y una bebida gaseosa, cenaron en silencio.
«Ha sido la peor Navidad y el peor Año Nuevo de mi vida. En la floristería recibía comentarios xenófobos todos los días. Mi compañero me decía: Maldito presidente que abre las puertas a los nicaragüenses. Yo vivía agobiada, pero no podía renunciar porque tenía que comer», relata.
En aquel primer año de exilio, la ausencia de redes institucionales consolidadas obligó a Nydia a apoyarse en la solidaridad entre iguales. Organizaciones comunitarias como SOS Nicaragua, y posteriormente entidades como el Servicio Jesuita para Migrantes y ONU Mujeres, comenzaron a articular talleres sobre derechos laborales, asistencia alimentaria temporal y guías para el trámite de refugio, mitigando gradualmente el desamparo inicial de la primera ola migratoria de nicaragüenses .
El precio de la paz
A pesar del entorno adverso, el talento comunicativo que Nydia había desarrollado desde su infancia en Bluefields volvió a abrirse paso. En 2019, tras colaborar en un proyecto audiovisual voluntario para la organización Techo, un productor costarricense identificó su desenvolvimiento ante las cámaras y le ofreció la conducción de un noticiero satírico de análisis político enfocado en la realidad nicaragüense.
A pesar de no contar con formación académica en periodismo, asumió el reto. El proyecto, diseñado para el entorno digital, superó todas las expectativas de audiencia: el video inaugural, proyectado para alcanzar 20.000 visualizaciones, superó las 400.000 en su primera semana. Durante tres años (2019-2021), Nydia prestó su rostro y su voz para denunciar las violaciones a los derechos humanos en su país.
Sin embargo, el ejercicio de la comunicación conllevaba riesgos imprevistos. A la falta de financiamiento que provocó el cierre del noticiero en 2021, se sumó la presión transnacional: en Managua, el hostigamiento policial y el asedio a los familiares que aún permanecían en el país no cesaron.
«Mi mamá continuaba en Nicaragua y el acoso hacia mi familia no paraba. Tuve que tomar la decisión de alejarme de las cámaras y de los medios para protegerlos y proteger mi salud», explica.
Tras una etapa intermedia trabajando en producción digital como consultora independiente, donde tuvo que aprender desde cero montaje audiovisual y edición de sonido, Nydia decidió dar un nuevo giro a su vida en 2023.
Junto a su pareja, quien contaba con catorce años de experiencia en la industria de servicios, decidió volcar sus ahorros y su liquidación en la creación de un emprendimiento gastronómico: «La Gigantona».
La metamorfosis de La Gigantona
Con una inversión inicial cercana a los 5.000 dólares, abrieron un establecimiento dedicado a la gastronomía tradicional nicaragüense. El proyecto pronto se transformó en una empresa familiar que dio empleo a su hermano y contó con la colaboración de su madre en la cocina, tras salir también de Nicaragua.
Sin embargo, la gestión de un negocio propio en el exilio presentó sus propios desafíos. Las exigencias de jornadas operativas de 24 horas los siete días de la semana, sumadas a los costos de alquiler, impuestos y al cuidado de su hijo pequeño, comenzaron a pasar factura en el bienestar físico y emocional de Nydia.

Después de dos años de operación continua, Nydia decidió hacer una pausa en el funcionamiento del restaurante para priorizar su salud mental y la estabilidad de su hogar.
«Yo ya no estaba bien; mi salud colapsó y estaba teniendo crisis de ansiedad. Verme cocinando atacada, llorando sin poder controlar el llanto, con mi hijo descuidado… Teníamos que decidir entre la salud mental y sostener el negocio».

Tras cerrar el local físico y afrontar el duelo que significó despedirse de ese espacio, Nydia transformó su emprendimiento. Reorientó el negocio hacia un modelo de catering, pedidos a domicilio y entregas a través de Uber Eats.
La reestructuración amplió su clientela a eventos de costarricenses como bodas y baby showers y le devolvió a Nydia la paz familiar y la presencia en la crianza de su hijo.

Indómitos: la curita para el alma
A la par de la crisis en la cocina, Nydia sentía la necesidad de reconectar con su potencial comunicativo. En 2024, inició una mentoría con Celeste Castillo, mentora especializada en oratoria y comunicación estratégica, para estructurar un podcast. En enero de 2025, el proyecto tomó forma al aliarse con su amiga Katy Juárez, comunicadora nicaragüense quien también se reinventaba tras ser mamá.
Aunque Katy reside en Europa y Nydia en Costa Rica, superaron la brecha horaria para lanzar Indómitos el 21 de enero de 2025. Diseñado para contar historias de resiliencia y superación de personas comunes, el espacio se convirtió en una herramienta de sanación mutua.
«Indómitos llegó en un momento en que ambas necesitábamos resurgir de procesos personales difíciles. Cada entrevistado que nos cuenta cómo tocó fondo y cómo salió de ahí fue una autoterapia y una curita al corazón».

Pese a las dificultades de producción y a la falta de un modelo de financiamiento, el podcast se ha consolidado como una plataforma de inspiración. En sus 25 episodios, ha dado voz a historias de superación que conectan con su audiencia y muestran cómo otras mujeres enfrentan los desafíos y reconstruyen sus proyectos de vida.
Ocho años después de cruzar la frontera, Nydia tiene una visión clara del futuro de sus dos iniciativas. A corto plazo, busca consolidar La Gigantona como una empresa integral de eventos, con servicios de catering, decoración y ambientación.
A diez años, aspira a estandarizar sus recetas y expandir el negocio mediante una cadena internacional con presencia en Centroamérica, mientras asume un papel enfocado en la gestión y administración de la empresa.

Mientras pretende que Indómitos recopile las reflexiones y aprendizajes de sus invitados en un e-book distribuido en Amazon y dar el salto hacia conferencias, y shows en vivo para interactuar directamente con la audiencia.
Ocho años después de la noche en que quedó atrapada bajo las balas en la parroquia Divina Misericordia, Nydia Monterrey mira hacia atrás con la perspectiva que da el tiempo. Aquella joven que logró escapar por un punto ciego, con apenas la ropa que llevaba puesta, ha reconstruido su vida en Costa Rica y encontrado nuevas oportunidades para salir adelante.
No ejerce la psicología ni presenta noticieros estelares, pero ha descubierto que la dignidad que la hizo rechazar un carnet partidario en 2016 es la misma que le permite reinventarse las veces que sea necesario.
«Hoy puedo hablar de todo esto sin llorar. Perder el país y perder la identidad es un choque brutal, pero te enseña de qué estás hecha. No importa qué trabajo me toque hacer: si me toca limpiar, limpio llorando, pero lo hago impecable. La dignidad no se pierde por cruzar una frontera».
*Este reportaje ha sido producido en el marco de la beca de producción periodística La Sala: Mujeres en la Redacción, con el financiamiento de Vikes (Fundación Finlandesa para los Medios y el Desarrollo), una iniciativa que busca fortalecer el periodismo independiente, crítico y de investigación, así como promover la participación, el liderazgo y la proyección de las mujeres periodistas, mediante acciones de influencia e impacto que contribuyan a visibilizar y posicionar sus voces como referentes del periodismo, la investigación y la opinión pública.
