Montserrat Vanessa Quintana López, es una mujer sonriente de 30 años, originaria de México, realiza trabajo de difusión en GeoFem , es geógrafa y estudia la maestría en territorio y memoria histórica por la Universidad Nacional del Rosario Castellanos. Desde 2022, con su trabajo “Propuesta para una Geografía Lésbica Mexicana”, ha insistido en la necesidad de visibilizar cómo los espacios lésbicos se producen a través de encuentros, activismos y tejidos sociales dentro del territorio mexicano.
Por Gabriela Paz
En agosto, durante un encuentro entre mujeres lesbianas y bisexuales de El Salvador, México y Colombia, conocí a Vanessa Quintana López. Después de una copiosa cena, al refugio de la lluvia en una zona alta de El Salvador, le pregunto a Vanessa como ha llegado este espacio: “Lo que me trajo hasta aquí fue desde que me nombro lesbiana e intento ocupar todos los espacios posibles y nombrarme en todos los espacios posibles”, incluso lo hace en la academia para visibilizar las experiencias y resistencias de las mujeres.
Su trabajo se sitúa en la frontera entre investigación y activismo, buscando abrir caminos en una disciplina que pocas veces ha reconocido la existencia lésbica, el enfoque feminista en la investigación y las necesidades de las mujeres como un tema válido para la académia. Para ello utiliza la cartografía participativa, un método que no depende de sistemas digitales sofisticados, sino de talleres y reflexiones colectivas, donde las mujeres interpretan, describen y dibujan sus territorios en papel a partir de reconocer cómo viven la violencia y la resistencia en cada esquina, calle o parque. Los espacios son físicos pero el cómo se viven es una construcción social atravesada por relaciones de poder. Lo importante no es el mapa en sí, sino las conversaciones y aprendizajes que surgen al hacerlo juntas. “Lo importante es el intercambio entre lesbianas donde puedan hablar de sus sentires, emociones, violencias y resistencias en su territorio.”,dice Vanessa.
Su propuesta es dejar de mirar los espacios desde el miedo y comenzar a reconocer los lugares donde resistimos y nos acompañamos. “hablar de una praxis es más bien darle acompañamiento a la compañera, de que realmente no está sola y que la podemos acuerpar, apoyar”. Esa praxis no se limita a señalar violencias, sino que incorpora las formas de resistencia que producimos en el espacio.
En este sentido, mapear no es solo registrar amenazas, sino también visibilizar las prácticas materiales y simbólicas que buscan quebrar la raíz del patriarcado heterosexual. Así, la cartografía lésbica se convierte en un acto político que transforma los territorios, resignifica las experiencias y nos recuerda que la construcción de comunidad es también una forma de resistencia frente a la violencia.
La propuesta de praxis lésbica se entiende, como un acto político y metodológico que busca visibilizar cómo las mujeres lesbianas producen y resignifican los espacios desde sus experiencias cotidianas, es decir, dibujar mapas para repensar el espacio que habitamos.
Dentro de esta praxis emergen dos nociones centrales: los territorios de miedo y los territorios de resistencia. Los primeros son aquellos espacios donde las lesbianas enfrentan violencias, exclusiones y hostilidad, tanto en lo privado como en lo público, mostrando que el miedo también tiene una geografía.
Por otro lado, los territorios de resistencia son los espacios que las lesbianas crean para acuerparse, acompañarse y construir comunidad. Se manifiestan en colectivos, servicios, redes virtuales, expresiones artísticas y académicas que resignifican la vida cotidiana y muestran que la existencia lesbiana no solo está atravesada por el miedo, sino también por prácticas materiales y simbólicas que buscan quebrar la raíz del patriarcado heterosexual. Estos territorios son lugares de esperanza, de memoria y de lucha, donde se tejen redes que amplían las geografías lésbicas hacia la conmemoración y la reivindicación de la existencia.
Desde esta perspectiva, Vanessa también contribuye como una pionera en la construcción del Mapa de Lesbicidios en América Latina que visibiliza la violencia contra mujeres lesbianas en la región. Este esfuerzo conecta con el concepto de lesbocidio, definido por Libertad García Sanabria como “el asesinato de mujeres lesbianas por el hecho de serlo”, una categoría que surge del feminismo mexicano y que busca nombrar un crimen de odio contra las mujeres y específico contra la existencia lesbiana . Nombrar el lesbocidio es reconocer que no se trata de una muerte más de una mujer, sino de un acto de odio que combina misoginia y lesbofobia, y que se mantiene invisibilizado en las estadísticas oficiales.

Durante la presentación de su trabajo Vanessa comenta que, este proceso no ha sido fácil, por una parte, es un proyecto académico autogestionado, lo cual limita significativamente el recabar la información, según, que a nivel internacional el delito de lesbocidio no es reconocido legalmente ni es penado en las legislaciones. Vanessa construyó y sigue alimentando el observatorio a través de la recopilación de notas periodísticas y la alianza con otras organizaciones sociales feministas que tienen sus propios observatorios, para sostener este registro es importante dar cuenta de nuevos datos primarios a nivel de cada país y alimentar el registro de manera participativa.
El trabajo de Vanessa Quintana tiene una importancia enorme porque rompe el silencio histórico que ha invisibilizado las violencias específicas contra mujeres lesbianas. Su cartografía además de registrar casos de lesbocidio, construye memoria colectiva: cada mapa es un archivo vivo que denuncia la impunidad y, al mismo tiempo, reivindica la existencia lesbiana como parte del movimiento feminista.
Al recopilar datos, articular alianzas con organizaciones y sostener un observatorio autogestionado, Vanessa convierte la geografía en una herramienta política que rescata nombres, historias y luchas que de otro modo quedarían borradas. Así, su trabajo no solo visibiliza la violencia, sino que también afirma que las lesbianas tienen memoria, territorio y resistencia, y que esa memoria es indispensable para transformar la realidad y garantizar que ninguna vida lesbiana quede en el anonimato.
Desde mi experiencia como antropóloga cultural, he cartografiado espacios de violencia con una mirada interseccional, reconociendo cómo se configuran para las juventudes y las mujeres, y cómo esos lugares liminares pueden transformarse en espacios de memoria.
Percibirlos como territorios de resistencia abre un parteaguas para construir narrativas más liberadoras y resignificadoras, donde el dolor y la vida se entrelazan. En ese sentido, la propuesta de Vanessa dialoga con mi propia práctica: ambas buscamos que los mapas no sean solo registros de violencia, sino también herramientas para visibilizar la resistencia y afirmar que, los espacios tienen memoria.