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Descubrirme no binarie en una isla virtual cubierta de nieve

Descubrirme no binarie en una isla virtual cubierta de nieve

Cuando rememoro escenarios de mi infancia vuelvo a pasar por el cuerpo todo el enojo y la explosividad que de niñe me habitaba. Crecer sintiéndome diferente se volvió frustrante y doloroso cuando en el cuerpo entendí que esa diferencia sería castigada. Por suerte unx encuentra las palabras, y aunque las palabras no lo decodifican todo, reconocerme en un cuerpo prieto, lesbiano y trans enebé me permitió entenderme como anormalidad intensa, deseante y evidentemente posible.


Por Zaid


Las palabras nunca llegan solas, para mí, siempre han llegado con afectos. Recuerdo tener 19 años, en mi primer año de universidad, cuando conocí a una persona de quien me enamoré en seguida. Me contó que se identificaba como no binarie y yo, con vergüenza de preguntar qué significaba eso, llegué a googlearlo a mi casa después de nuestra salida. Me di cuenta que había visto el término antes en internet, pero no fue hasta comenzar a salir con elle que pensé en que tal vez esas eran las palabras que yo había estado buscando para nombrar un ‘cachito’ de lo que en mi cuerpo pasaba. 

Meses después, tal cual historia lésbica de internet, elle se fue del país para estudiar una carrera en Artes en otro lugar y yo me quedé con preguntas, inquietudes y euforias que comenzaron a ocupar cada vez más formas y espacio.

Hace unas semanas conversábamos en un café con Blondie, una persona no binarie y género fluido que creció en las afueras de San Salvador con su mamá, su papá y su hermano mayor. En la experiencia compartida reconfirmé que, aunque nuestras historias no responden por todos los cuerpos enebé, se iluminan senderos que muchxs reconocemos en nuestra propia biografía.

Cuando Blondie se presenta a través de un recuerdo de su infancia, escoge un espejo. Creció viendo que mientras a otros compañeros les comenzaban a salir vellos, en su cuerpo el tiempo pasaba más lento. Se paraba frente al espejo buscando cosas “muy femeninas” y no encontraba nada “masculino”, pero eso no lo sentía como algo malo, sino como algo que no comprendía completamente y no podía identificar qué significaba. La diferencia se nombraba desde afuera y se volvía sospechosa al no responder a lo que debía: “Me decían que tenía pestañas de mujer, y yo reclamaba ¿Qué es tener pestañas de hombre o de mujer? Solo son pestañas.”

Antes de que nosotrxs escogiéramos nuestras palabras, comenzó a existir una vigilancia sobre nuestros cuerpos, nuestra voz, nuestros deseos y nuestras formas de movernos en el mundo. El papá de Blondie comenzó a prohibirle, desde muy temprana edad, entrar a la cocina de la casa. Decía que ese espacio era solo para mujeres y pronto, esas y otras prohibiciones fueron obligándole a performar la masculinidad que su padre imponía en elle, una geografía doméstica que se reconfirmaba cuando Blondie acudía a su mamá para refugiarse de la violencia de él.

Judith Butler, filósofe y escritore no binarie estadounidense, plantea en El género en disputa (1990) que el género no es una esencia biológica ni un dato fijo, sino algo que se produce al repetir, una y otra vez, los actos, gestos y comportamientos que las normas culturales vuelven legibles. Es decir, que es performativo. Nuestros cuerpos no binaries lo sabemos desde antes de tener la teoría, cuando nuestros intereses de infancia y adolescencia se volvieron sospecha porque se apartaron de lo que se esperaba de quienes nos asignaron una categoría al nacer. Blondie creció siendo señalade por sus compañeros por ser “muy femenina” o “fresa” y se instauró una vigilancia sobre sus intereses: “Siempre me llevé más con mis compañeras niñas porque con ellas no tenía que fingir. Con las niñas no sentía la presión de tener que performar algo que no quería o hablar de algo que no me interesaba, como de fútbol, del Alianza Fútbol Club, el mundial, o Ninjago. Yo quería hablar de Club Penguin o Dress To Impress, quería un Littlest Pet Shop.”

Tener preferencias que no responden al género que se impone tiene consecuencias que se instalan en el cuerpo. Cuando Blondie tenía doce años y empezó a explorar sus deseos erótico-afectivos, sus papás se enteraron, le revisaron el celular y, a partir de ahí, comenzaron a llevarle con sacerdotes, psicólogos y psiquiatras para tratar de “curarle”. Tuvo que empezar a performar masculinidad para satisfacer los deseos de sus papás y para procurar seguridad para sí misma. Vivió bajo esa violencia desde los 13 a los 19 años y durante todo este tiempo, la masculinidad se volvió un uniforme de supervivencia.

Para muchas personas de nuestra generación, el internet se volvió un territorio de descubrimiento, en algunos casos incluso más importante que los espacios físicos de nuestra cotidianidad. Si la casa y el colegio no tenían un espacio para elle, los espacios virtuales si: “yo vivía y moría por Club Penguin”, cuenta.

Le hizo un Facebook a su pingüino, al que vestía de forma femenina y le gustaba pensar que era una pingüina. Fue en esa isla cubierta de nieve, entre avatares, iglús y salas de chat donde sintió por primera vez que pertenecía a algún lugar. Ahí también escuchó, por primera vez, a alguien nombrar algo diferente: “Tenía un mejor amigo que un día me dijo como: ‘Te tengo que confesar algo: soy gay’. Yo no entendía qué era eso. Cuando me explicó qué significaba, empecé a pensar: ‘Juela, tal vez a mí también me pasa eso’. Ahí tuve mi primer acercamiento con algo que no fuera la heterosexualidad”. Esa confesión ajena se convirtió en un espejo de palabras con las que pudo empezar a mapear su propio deseo e identidad, porque a veces, la palabra de otrx es el primer lugar donde unx se reconoce.

Para ella el internet se volvió una escuela de gestos pequeños, con tutoriales en YouTube hechos por bichas que enseñaban a customizar la computadora, y cuentas fandom de Lady Gaga y Lana Del Rey en Twitter donde sus gustos por fin encontraban complicidad con otrxs. La virtualidad fue un refugio porque ahí podía socializar sin sentirse señalade por ser diferente: “En persona era mucho más difícil, porque era un niño raro, porque mis intereses eran diferentes, o porque yo no encajaba. […] Socializar en internet fue mucho más fácil y una vía más segura”.

La música también puede ser un mundo de palabras posibles: “Mi primer acercamiento con el no binarismo fue Arca, cuando sacó la canción Nonbinary en 2020, yo tenía 19 años. La escuché y dije: ‘soy yo’. Nunca había conocido ese término y nunca lo había pensado para mi misma.” A esa misma edad, yo googleaba en mi casa ese mismo término que me daba pena preguntar, mientras elle la escuchaba en una canción. Las palabras llegan con un afecto o en una canción; todas llegan tarde y a tiempo.

Cuando Blondie traza una línea entre los refugios de su adolescencia, destaca primero su cuarto, donde el mundo virtual era posible a través de su celular y su computadora. En ese mundo estaban lxs amigxs que hizo en Club Penguin, como Fran, un amigo de Argentina con quien construyó un vínculo cercano. Pero también estaba Miriam, su mejor amiga del colegio, con quien pasaba tardes tomando café y fumando un cigarro, y quien acompañó el miedo que sintió cuando se puso un labial por primera vez. Y también estaba su prima, la única persona de su familia que no le dirigía una mirada binaria y con quien decoraba floreros y cuadernos.

Ser infancia y adolescencia no binarie en un país centroamericano fue, para muchxs de nosotrxs, aprender temprano a esconder y performar, pero también a escarbar en unx mismx y buscar en otra parte un lugar para nuestros propios deseos. También fue intentar sobrevivir con lo que había: un pingüino, audífonos, tardes en Twitter y YouTube, o un labial prestado de una amiga.

En un mundo que se niega a abandonar el género, nuestras existencias no binaries se vuelven una fuga de toda lógica heterosexual. No somos nada de eso que el mundo pretende creer de nosotrxs, y nuestra existencia estuvo mucho antes que todas sus categorías, antes de que nosotrxs mismxs encontráramos las palabras.

Quizás, rastrear los dolores, emputes y euforias de nuestra infancia se trata precisamente, de volver a nuestros cuerpos, reclamarlos, y reconocer a quienes –de lejos o de cerca– nos ayudaron a estar aquí hoy.

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