Por Reiny Ponce
“Soy mujer, gorda, prieta y bisexual, he tenido que enfrentar otras formas de discriminación e invisibilización a lo largo de mi vida. Por eso, mi experiencia no puede reducirse únicamente a mi orientación sexual. He aprendido a reconocer cómo se cruzan distintas formas de exclusión y cómo estas afectan nuestras oportunidades, nuestra representación y la manera en que somos percibidas por la sociedad”.
Edith Elizondo es una mujer bisexual y feminista que ha hecho de su experiencia personal una apuesta por la visibilidad, la resistencia y la defensa de la diversidad sexual. Desde hace más de dos décadas vive su bisexualidad y, desde hace más de diez años, la nombra públicamente como un acto consciente de afirmación y reconocimiento de sí misma.
Con un poema describe su bisexualidad, su forma de existir, de amar y sentir.
“Somos bi-diversas. Somos café o té; somos güineo o papaya; a veces sandía y, otras veces, todo a la vez.
Me gustan las mujeres de cabello negro y los hombres de ojos oscuros. De unas y otros me enamoran las sonrisas tiernas, las miradas coquetas y esa forma única de iluminar el mundo.
Mi bisexualidad no es una duda ni una contradicción; es la posibilidad de reconocer la belleza, el deseo y el afecto en distintas personas. Porque el amor y la atracción no siempre caben en categorías rígidas”.
Para Edith la bisexualidad es una forma de reivindicar su identidad y derecho a existir sin tener que encajar en categorías impuestas. Reconocerse bisexual es un acto de resistencia. Su proceso fue construido a partir de experiencias afectivas, personales y políticas.
“Decidí asumir mi bisexualidad, no solo como una identidad, sino también como una postura frente al mundo. Nombrarme bisexual es una forma de defender el derecho a la diversidad, a la diferencia y a la libertad de elegir cómo vivir nuestros afectos y deseos”.

Desde una perspectiva feminista, entiende que lo personal es político y que las formas de amar, desear y nombrarse están atravesadas por estructuras de poder. Por ello, concibe su bisexualidad no solo como una identidad, sino también como una postura ética y política en defensa de la libertad, la diversidad y el derecho de todas las personas a existir sin tener que justificar quiénes son o a quiénes aman.
Pero su vivencia está marcada por el cuestionamiento de los estereotipos y prejuicios que históricamente han rodeado a las personas bisexuales. “No estoy confundida, no estoy experimentando, ni esperando que se me pase. Si después de más de dos décadas siguen pensando que es una etapa, quizás el problema no es mi bisexualidad, sino la dificultad de algunas personas para aceptar que existimos”.
Frente a discursos que presentan la bisexualidad como una etapa, una confusión o una identidad incompleta, incluso llegando a invisibilizar, Edith reivindica esta orientación como una experiencia legítima, plena y válida.
“No me siento inferior por no ser lesbiana, ni acepto que se me defina como una ´lesbiana de clóset´. Soy bisexual, y esa identidad es tan válida, legítima y completa como cualquier otra. La constante idea de que la bisexualidad no existe o que es una transición hacia otra orientación sexual. También me ha afectado porque algunas personas asumen automáticamente que soy heterosexual o lesbiana según mi pareja, borrando por completo mi identidad bisexual”.
Su voz contribuye a desmontar y evidenciar las formas de bifobia e invisibilización que persisten tanto en la sociedad como dentro de algunos espacios de la diversidad sexual.
“La bifobia se manifiesta cuando se cuestiona constantemente nuestra identidad, cuando se nos acusa de estar confundidas, de ser indecisas, Está presente cuando se nos exige demostrar una y otra vez quiénes somos o cuando se nos niega el reconocimiento de nuestra propia experiencia. La bifobia no solo viene de la sociedad heterosexual; también puede aparecer dentro de los propios espacios LGBTIQ+, donde a veces nuestras identidades son puestas en duda o consideradas menos legítimas”.
Además de reflexionar sobre la bisexualidad, Edith incorpora una mirada interseccional a su experiencia, reconociendo cómo se entrecruzan distintas formas de discriminación relacionadas con el género, el cuerpo, el color de piel y la orientación sexual.
“Muchas veces los espacios y hasta los espacios feministas no están pensados para cuerpos como el mío, para mujeres como yo o para identidades que desafían las normas establecidas. Por eso entiendo la invisibilización como algo que ocurre en la intersección de varias identidades y no únicamente desde la orientación sexual. Aún así, me niego a ocupar el lugar de quien es borrada. He decidido nombrarme, habitar los espacios y hablar desde mi experiencia.”
Su existencia es prueba de que la diversidad no es una teoría: tiene rostro, cuerpo, historia y voz.
Su participación en espacios de encuentro, como el Encuentro de Bisexualas en México en 2024, y feministas han fortalecido su compromiso con la construcción de comunidades más inclusivas y con la defensa de los derechos de las personas sexualmente diversas.
“La visibilidad bisexual es importante. No se trata únicamente de ser vistas, sino de ser reconocidas, respetadas y escuchadas. Nombrarnos es una forma de resistencia y también una manera de construir una sociedad más justa, donde la diversidad sexual no tenga que explicarse ni defenderse constantemente para ser considerada válida”.
La historia de Edith es también una invitación a vivir la diversidad sin miedo y a construir sociedades donde la diferencia no tenga que explicarse para ser respetada.
“Mi lucha no es solo por el reconocimiento de la bisexualidad, sino por una sociedad donde todas las personas podamos existir plenamente, sin tener que justificar quiénes somos, cómo nos vemos o a quiénes amamos”.
