Por: Concha Armas
“Todo gira en torno a ti, porque tú eres lo otro. Rara vez te habrán preguntado: “¿Cómo podría yo desafiar a través de mi cuerpo, a través de mi deseo, a través de mí, todas esas normas que dicen que tu forma de existir está mal y la mía no?”. Como si antes de preguntarse a sí mismas tuvieran que resolver todas las dudas que generas tú (…)”
La respuesta a todo lo que le preguntarías a una chica trans- Valentina Berr
Recuerdo con mucha nitidez cómo hace unos meses, mientras estaba sentada en la banca de un parque esperando a una amiga, pasó una señora, bastante mayor. Se detuvo frente a mí y se persignó mientras decía: “¡Qué horrible, parece el diablo!”. Me quedé callada. Me paralice.
Hace casi cuatro meses vivo sola en una ciudad que no es la mía. Soy una mujer trans, exiliada nicaragüense, viviendo en la capital de Guatemala. Situarme es necesario para explicar cómo se configuran las violencias que me atraviesan en este nuevo contexto. Ser una mujer que vive sola en una ciudad capital es una situación que lleva a mi cuerpo a experimentar niveles muy crudos de violencia en el espacio público.
Violencias, transfobia y espacio público
“El espacio público se encuentra delimitado y se convierte en un lugar donde se ejerce el poder (…) Los grupos sociales que hacen uso del poder restringen el uso del territorio y con ello la libertad de desplazamiento de otras poblaciones (…) El espacio público, para las mujeres, se convierte en un lugar donde se ejerce y se expresa el poder de los hombres. Lo público es un territorio visible donde se supone que cualquier persona puede estar y trasladarse libremente. No obstante, en estos sitios se articulan relaciones de poder que forjan inequidades sociales, económicas, culturales y de género” (Carmona Alvarado, 2021).
La violencia que atraviesa mi cuerpo y el de otras mujeres trans es interseccional. No se trata únicamente del odio que nos expresan por ser mujeres trans y romper los cánones de la normalidad. Se trata de cómo la transfobia se encuentra con el machismo, la xenofobia, el clasismo, la gordofobia y el capacitismo.
Hace un mes, fui a un centro comercial ubicado en una de las zonas más exclusivas de la ciudad; la mayoría de quienes lo visitan son personas cisgénero, blancas, delgadas y con dinero. Ese día yo usaba un conjunto que dejaba mi panza y mis muslos gordos al descubierto; recibí miradas de asco y sonrisas burlonas. Comprendí que la violencia que recibo es una combinación de múltiples factores: soy la trans, racializada, ocupando un espacio en el que se supone que no debo estar, y encima con el valor de mostrar mi cuerpo siendo gorda.
Las mujeres trans conocemos bien esa sensación de estar siendo observadas; incluso cuando no ocurre nada explícito, existe una tensión constante que se expresa en la necesidad de estar alerta. Adriana, miembra de OTRANS-RN en Guatemala, nos cuenta: “Como mujer trans viviendo en Guatemala, transitar los espacios públicos implica una serie de experiencias profundas. No solo se trata de caminar en una banqueta, en una calle o una avenida; yo creo que implica habitar espacios que históricamente se nos han negado, y eso es disputar nuestro derecho de existir en esos ambientes públicos. Las mujeres trans hemos tenido que aprender desde muy pequeñas que nuestros cuerpos, a partir de la expresión trans, son leídos, cuestionados y constantemente vigilados. El poder desplazarnos muchas veces nos pone en situaciones de alerta, estar a la expectativa de quién nos observa, quién nos mira, quién nos persigue, nos señala y nos grita”.
Por su parte Magdalena, trans, migrante en Costa Rica, siente que “No es un asunto de que violencias vivimos, sino cómo se han normalizado las violencias que las personas trans experimentamos, porque además son violencias simbólicas, muy difíciles de nombrar, pero no de notar, por ejemplo: cuando te cierran la puerta del bus en la cara, y vos no lo lees como violencia, solo pensas que era la hora de salida del bus, pero te pasa una, dos, tres veces, hasta que dejas de intentar subir al bus, ese es el problema cuando la violencia te niega el acceso a un bien común. También están las miradas, los comentarios dichos indirectamente, que sabes que son para vos, pero como no te los han dicho en la cara, si respondes, sos la violenta, te convertís en la grosera”.
La sospecha sobre las mujeres trans autónomas
Existe otra dimensión de la violencia que rara vez se nombra. La sociedad parece tolerar más fácilmente a las mujeres trans cuando somos percibidas como propiedad o acompañamiento de un hombre. Magdalena reafirma: “Hay muchísimo menos configuración de la violencia cuando estamos acompañadas de hombres”.
Yo inicié mi proceso de transición en 2024, ese año decidí migrar a El Salvador, y también me casé, mi esposo se convirtió en una de las personas más importantes en mi vida. Salir a la calle de la mano de un hombre hacía que mi cuerpo se leyera como propiedad de ese hombre, por lo tanto mi presencia en el espacio público no era cuestionada.
Una mujer trans sola sigue siendo un cuerpo incómodo para el orden social, desafía múltiples expectativas. No encaja en el imaginario de dependencia que históricamente se ha impuesto sobre las mujeres, ni tampoco en los límites que la sociedad pretende imponer a las identidades trans.
Para Magdalena esta es también una construcción producida a través del colonialismo: “Lo que se vive en el espacio público es la vigilancia estructural por quienes se creen policías del sistema. Hombres y mujeres antiderechos, con la necesidad de reivindicar y sostener un sistema conservador. Todo esto tiene, por supuesto, un trasfondo colonial, en las calles vemos mujeres cisgenero, maltratando a mujeres trans, para reivindicar el hecho de que solo existe un tipo de mujer, así como en la época colonial las mujeres blancas negaban la existencia de cualquier otra mujer que fuera diferente a ellas”.
Adriana, frente a esta realidad, nos habla de una cuestión histórica de restricción de libertad hacia nuestras identidades: “La sociedad se incomoda, porque no aprendimos nunca a reconocer la pluri sexualidad, las ciudades no se experimentan igual para todas las personas. Las mujeres trans históricamente fuimos personas que solo podíamos salir de noche; asociadas al trabajo sexual teníamos que ocultar nuestras identidades, durante décadas; además, fuimos consideradas como las responsables de la epidemia del VIH. Debíamos escondernos; a pesar de ocultarnos, éramos perseguidas y asesinadas. Las calles han representado para nosotras, espacios de violencia extrema y hostigamiento; las calles nos enseñaron durante muchos años un solo mensaje: “Tu vida vale menos”.
Un día, hace algunas semanas, mientras caminaba por la calle, un hombre en un carro se parqueó a mi lado, me dijo que me subiera con él, que me llevaría donde yo quisiera; cuando le dije que no, comenzó a seguirme.
Autoconvocarnos: una estrategia territorial para disputar lo público
Reconocer estas violencias no significa aceptar que ellas definan nuestras vidas. Si algo hemos aprendido las mujeres trans es que la existencia misma puede convertirse en una práctica de resistencia. Adriana, comparte: “Caminar solas aún es difícil, pero estamos haciendo tejido comunitario para crear redes de apoyo, caminamos en parejas o grupos por la calles, juntas caminamos sin miedos a expresar nuestra identidad plurisexual, y construimos comunidades más sólidas, sociedades capaces de reconocer la diversidad”.
Magdalena también reconoce la importancia de las redes: “La vida no está vivible; la reciente ola de regresión de derechos en los diferentes gobiernos del mundo nos tiene muy preocupadas. No es solo buscar entornos seguros, sino hacerlos seguros con la compañía de tus amigas; la gente no te trata igual si estás sola o si estás acompañada”.
Finalmente, Adriana pone en perspectiva la importancia de estas redes de apoyo territorial que podemos construir, a través de diversas estrategias: “Autoconvocarnos: Soy mujer trans y parte de aquellas mujeres que nos autoconvocamos en 2004 para iniciar el movimiento trans en Guatemala. Hoy continuamos autoconvocándonos en la sexta avenida de zona 1 de la ciudad de Guatemala, donde a través de iniciativas artísticas logramos ocupar el espacio y visibilizar nuestras vidas. Además, hemos desarrollado campañas de comunicación, para que la gente conozca la realidad que los medios de comunicación tradicionales, por sus prejuicios, se niegan a mostrar. Creemos en hacer procesos de cuidado, autocuidado y sanación en parques, las personas trans; buscamos espacios de recreación y espacios públicos donde podamos intercambiar experiencias y conocimientos. Creemos que es muy importante continuar participando de marchas y protestas para demandar acceso a derechos y oportunidades; estas estrategias son estrategias de acompañamiento territorial en la ciudad de Guatemala, pero también en distintos departamentos del país”.
La persistencia de existir
Pienso nuevamente en aquella señora que se persignó frente a mí. En las últimas semanas he recordado ese episodio desde el dolor. Hoy intenté leerlo también desde otro lugar, a través de las palabras de Adriana y Magdalena, el espacio público sigue siendo un territorio en disputa. Sigue siendo un lugar donde se expresan múltiples formas de violencia. Pero también es un escenario donde construimos comunidad y memoria.
Adriana cuenta: “Vivimos casi en una especie de negociación; hay que negociar nuestra libertad, con la sobrevivencia. Es muy raro, pero reafirmar y expresar tu género, tu identidad, y la libertad que tanto queremos visibilizar, muchas veces es algo que debemos poner en pausa, por la necesidad de sobrevivir (…) Sin embargo, en 30 años las cosas han cambiado mucho a partir de la organización de mujeres trans. Hoy en día hay más organizaciones, colectivos, líderes y lideresas, luchando para que nuestra experiencia en las calles no solo sea de violencia, sino de esperanza, de vivir plenamente con respeto, dignidad y bienestar, porque habitar el espacio público es parte de la vida humana”.
¿Cómo responder sola ante el miedo o la rabia?, no sé si la respuesta sea volverse valiente; o seguir siendo incómoda frente a los ojos del poder. Históricamente, desde Marsha P. Jhonson en la primera marcha del orgullo en 1970, hasta las luchas actuales del movimiento en la región, la mujeres trans hemos sido guiadas por la digna rabia; sabemos que hemos accedido a muchos de nuestros derechos no como una concesión, sino confrontándonos directamente con el poder. Desde las calles, las plazas y los parques hemos irrumpido en el espacio público, para exigir vidas dignas, no solas, sino en manada, creando comunidad.
El problema no es que las mujeres trans no ocupemos la calle: es que durante décadas se nos ha leído, por un lado como sujetas de discriminación, pero también como cuerpos pensados para el consumo del placer masculino, permitiéndonos habitar el espacio público únicamente como advertencia, fantasía o mercancía. Apropiarse de las calles,es romper la hegemonía, romper con todas esas funciones que nos asignaron, es estar donde no se nos esperaba vernos, y no hacer nada para justificarlo; eso representa disputar el espacio.
“Una sola persona no tiene completamente sus derechos, hasta que todas los tengan”
Marsha P. Jhonson