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¿Cómo piensa en sí misma alguien a quien le enseñaron que primero comen los demás?

¿Cómo piensa en sí misma alguien a quien le enseñaron que primero comen los demás?

En el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, celebrado cada 28 de mayo, queremos hablar de salud más allá de hospitales y consultas, conversar de esas omisiones cotidianas que la sociedad normaliza, como cuando una mujer le sirve a todo mundo, sostiene, cuida y resuelve todo para los demás y se deja así misma siempre al final. Por eso queremos hablar de autocuidado, no como lujo ni moda, sino como una forma de nombrar la salud como derecho a vivir sin quedar siempre al final de la propia vida.

“Coyol quebrado, coyol comido”
Crecí escuchando esa frase, y aunque normalmente se usa para hablar de dinero, de que lo poco que entra ya está gastado porque se debía o porque hacía falta, creo que también dice muchísimo sobre las mujeres, porque recuerdo a mi mamá, mis tías y abuelas en esa situación, casi todo el tiempo.

Y hoy, en el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, me es imposible pensar en la salud reducida al bienestar físico, o estas recomendaciones como “andá al médico”, “descansá” o “hacé ejercicio”, no porque eso no importe, sino porque para muchísimas mujeres el problema nunca ha sido “no saber cuidarse”, el problema es ¿Cómo piensa en sí misma alguien a quien le enseñaron que primero comen los demás?

Ponerse al final no es una idea abstracta, es lo cotidiano. Usualmente, es la mujer que resuelve la casa antes de sentarse a comer, la que trabaja y llega a seguir cuidando, la que aplaza el dolor, la cita médica o el descanso porque siempre hay algo más urgente que ella. Por eso creo que hablar de salud de las mujeres nos obliga a darle la vuelta a la tortilla, y dejar de “explicarle” a las mujeres que tienen que mejorar en sus prácticas para estar sanas, más bien es pensar y actuar en lo que la sociedad debe cambiar para que las mujeres puedan vivir con salud.

¿Desde cuándo nos cuidamos?

Hoy nos dicen que cuidarse es hacerse skincare e ir al gym, pero la idea del autocuidado viene desde hace varios años antes, cuando las mujeres iniciaron a hablarlo desde otro lugar.

Entre las décadas de 1960 y 1970, distintas luchas feministas comenzaron a cuestionar quién sostiene realmente la vida cotidiana. Desde ahí aparece una idea más amplia y más incómoda: las fábricas no eran solo los espacios de trabajo de los obreros, la sociedad completa funcionaba como una gran máquina de producción. Y para que esa máquina no se detuviera, no bastaba con el trabajo de los obreros, también hacía falta algo que nunca se nombraba como trabajo, ni se pagaba, el trabajo que ocurría en las casas.

En Estados Unidos, las Welfare Mothers, organizadas desde los años sesenta en movimientos como la National Welfare Rights Organization, conformadas principalmente por mujeres negras, madres solteras y empobrecidas, que recibían asistencia social, eran vistas únicamente como “mujeres dependientes del Estado”, pero ellas denunciaron que criar, alimentar y cuidar también era trabajo.

La lucha conocida como Wages for Housework (Salarios para el Trabajo Doméstico) surgió en 1972 en Italia, impulsada por feministas como Silvia Federici, Mariarosa Dalla Costa y Selma James. Este movimiento cuestionó cómo el sistema económico se sostiene sobre el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado realizado principalmente por mujeres. La campaña exigía el reconocimiento del cuidado y, por lo tanto, salario y derechos económicos.

En esos mismos años, la escritora y activista Audre Lorde, aportó una mirada crítica sobre cómo el racismo, el sexismo, la pobreza y la sexualidad atravesaban las experiencias de las mujeres negras, lesbianas y madres, ampliando así las discusiones feministas sobre cuidado y el trabajo.

Sesenta años después seguimos luchando por lo mismo.

Hoy nos venden autocuidado

Y en ese mismo contexto, donde el cuidado empezó a nombrarse como político, donde se reconoció como una necesidad de clases para sobrevivir al sistema, el capitalismo hizo algo muy propio, también lo convirtió en producto.

Porque si no pudo seguir ignorando que las mujeres necesitan cuidado y  descanso, entonces lo empacó y se los vendió. Así, el autocuidado que nació como una respuesta frente al desgaste, ahora son rutinas de bienestar, y promesas de alivio inmediato, pero que dependen de cuánto dinero tenés y de cuánto podés pagar.

Ya no quiero resistir, quiero disfrutar

No soy una experta del autocuidado de las mujeres, soy una mujer que está aprendiendo a construir los pilares de su propio bienestar, que está intentando encontrarse en el camino.

Y en medio de esta búsqueda he escuchado mucho esta idea del autocuidado como una forma de resistir, y para ser honesta, a mí no me termina de gustar. No porque no entienda por qué se dice, estoy convencida de que para muchas ha sido necesario resistir para sobrevivir. Más bien es porque a mí me deja la sensación de que el cuidado queda siempre amarrado a la lucha constante, y como todas, también me canso de luchar.

Me gusta más pensar el autocuidado como una forma de empoderamiento, que nos aliviana las cargas, donde aprendemos a habitar el cuerpo con más calma, con más gozo, con más presencia.

Y sé que esta es una percepción muy personal. Hace poco leí una frase que me gustó mucho: “Cuando nos ponemos en el lugar del otro, dejamos al otro sin lugar”. Y creo que en temas de autocuidado esto pasa mucho. Resulta muy fácil decirle a las mujeres cómo deberían resolver su vida, sus problemas o su cansancio, pero cuando explicamos la “solución” desde nuestra mirada, terminamos anulando sus experiencias, sus historias, sus herramientas e incluso sus miedos.

Por eso propongo repensar la empatía desde otro lugar: no desde la idea de imaginar la forma correcta de hacer las cosas, sino desde el acompañamiento a quien las vive. 

Mi ABC del autocuidado (o lo que a mí me ha ido funcionando)

No como receta universal, sino como lo que a mí me ha servido mientras también estoy aprendiendo a vivir.

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  • Dejá que te sirvan la comida. Aunque cueste, aunque sientas que podés hacerlo vos. Las mujeres necesitamos aprender a recibir atención y cuidado.
  • Ensuciate. Caminá descalza, subite a un árbol, desordenarte. La vida también es moverse sin tanto control.
  • Mastúrbate. Mucho, sin culpa, sin apuro. Y si te quedás dormida al final, mejor. 
  • Sé honesta. Date el permiso de decir lo que pensás, de hacer mala cara o compartir espacios con gente que no te gusta. Se siente muy bien no negar lo que sentís y pensás.
  • Comete un mango y llenate las manos. Hoy le dicen Mindfulness, vos decile como querrás, la idea es sentir y volver a disfrutar lo que sea que estés haciendo.
  • Hablate bonito. Siempre. Aunque el día haya sido un desastre, aunque no te hayas sentido suficiente, aunque todo esté patas arriba. Hablate con amor.

Nos cuidamos entre todas

Y quizá estas recomendaciones no cambien el “coyol quebrado, coyol comido”. Porque hablar de autocuidado como si fuera solo un ejercicio individual es una mentira bonita.

El autocuidado sí tiene que ver con lo que vos querés para vos, con las prácticas que vas construyendo en tu vida, pero también tiene que ver con el sistema, con lo que las mujeres han venido enfrentando durante años, con las distintas formas de violencia que se cruzan: por género, por etnia, por economía, por acceso a derechos básicos.

Y ahí es donde el feminismo nuevamente aporta otra idea muy valiosa: El cuidado colectivo.

Porque pasamos del “yo me cuido”, a cómo nos cuidamos entre nosotras, de cómo nos sostenemos, de cómo nos leemos como redes, como amigas, como hermanas, como compañía en medio de todo lo que implica vivir.

Y ese cuidado no siempre se ve bonito ni ordenado. A veces es alguien diciéndote “no te hagás la fuerte”, a veces es alguien que te dice algo incómodo pero necesario, o es recordarte que no tenés que poder con todo, y a veces es solo estar con vos. Y también es aprender a poner límites entre nosotras cuando hace falta, sin dejar de cuidarnos, porque el cuidado colectivo no es complacencia permanente, también es honestidad.

Me gustaría que empecemos a pensar el autocuidado también como una muestra de cuidado propio, sí, pero además como la posibilidad de aprender a recibir cuidados, de entender que nadie debería vivir sosteniéndolo todo sola. Y sobre todo, que reconozcamos las bases que dificultan que muchas mujeres puedan cuidarse más: jornadas interminables, desigualdad, violencia, pobreza, sobrecarga emocional y sistemas construidos históricamente para mantener a las mujeres resolviendo la vida de otros antes que la propia.

Porque muchas veces el problema no es que las mujeres “no quieran cuidarse”. Es que viven demasiado ocupadas sobreviviendo.

Y quizás ahí el feminismo nos deja una de las ideas más bonitas sobre el autocuidado: que cuidarnos también puede ser una forma de volver a nosotras mismas, de acompañarnos entre mujeres, de aprender a descansar sin culpa y de imaginarnos vidas donde no todo sea sacrificio.

Porque después de tantos años sosteniendo el mundo, también merecemos aprender a habitarnos con más suavidad.

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