“«¿Por qué no podés ser más femenina? ¿Por qué te sentás de esa forma? ¿Por qué te peinas así?». Eran preguntas que me hacía mi mamá por las formas en las que yo decidía habitar el mundo.”
Por Zaid
Conversamos con Mar y Macqu, dos mujeres lesbianas que desbordan la categoría de «mujer» y con Marco, un hombre trans cuya experiencia no aspira a reproducir lo que dicho sistema define como «hombre». Sus historias nos ayudaron a profundizar en las formas en las que desafiamos en nuestra cotidianidad las lecturas binarias que el mundo hace de nuestros cuerpos.
En este articulo utilizaremos el término “no binario” no como una identidad de género específica, sino como un concepto paraguas que nos permitirá reflexionar y abordar experiencias que trascienden las definiciones cis-heterosexuales.
Cada vez que un cuerpo desborda los límites de lo que entendemos como género y atraviesa los espacios públicos, se activa sobre este cuerpo un dispositivo de vigilancia1 que no requiere cámaras: son las miradas de las personas que ha interiorizado el cis-heterosexual como única posibilidad de existencia.
Mar, una mujer lesbiana graduada de la carrera de filosofía, menciona: “Mi expresión de género siempre ha sido masculina, o al menos siempre ha tirado más para ese lado. He encontrado en la masculinidad un refugio y quién puedo ser, supongo. Me hace sentir cómoda, auténtica y fiel a mis deseos. Pero para llegar a donde estoy hoy he tenido que pasar muchos senderos incómodos porque creo que al final, encajar es inherentemente incómodo, ¿no? Mucho más en la adolescencia.”
Me resulta indispensable recordar que la categoría de género —y, por extensión, la de sexualidad— constituye un elemento del dispositivo de categorización colonial de cuerpos2 que incorporó la noción de «mujer» y estructuró lo «femenino» y lo «masculino» conforme a roles sociales establecidos a partir de relaciones de dominación.
Macqu, una mujer lesbiana, docente y artista nos compartió: “La etapa más fea e incómoda en cuanto a mis exploraciones fue cuando estudié en un colegio solo para niñas que era administrado por monjas. Sentí que todo en mí debía responder a la feminidad que se exigía. Más adelante estudié el bachillerato en un instituto público y ahí siento que se me abrió todo. Básicamente empecé desde cero.”
Por mandato cis-heterosexual entendemos el sistema colonial heredado que impuso como mandato social, político y cultural que la heterosexualidad y las identidades cis-género son el modelo “natural” y” único” de organización social.
La asignación de género que se hizo al nacer sobre nuestros cuerpos para habitar lo femenino, impuso también sobre nosotres relaciones de subordinación, dominación y explotación en todos los aspectos de la vida. Además, se definió el aspecto físico que debe tener ese cuerpo de «mujer». Esta categorización estableció la blanquitud (color), la delgadez (forma), la capacidad y productividad (función), como algunos estándares a los que como mujeres colonizadas debemos aspirar.
Para Macqu, explorar sus expresiones de género a través de la costura y la moda ha sido fundamental para construir múltiples aspectos de su identidad. En esta práctica artística ha encontrado un medio de fuga frente a las exigencias que el mundo impone sobre nosotrxs. Desde escoger sus cortes de pelo hasta nombrarse mujer lesbiana, Macqu siempre ha ideado formas propias de habitar su cuerpo en relación con la ropa y sus vínculos, y muchas veces esto implica desobedecer a exigencias para poder ocupar lugares desde la comodidad y libertad.
Las existencias y corporalidades fuera del régimen binario no son una invención moderna como discursos cristianos y conservadores nos quieren hacer creer, más bien las categorías «mujer» y «hombre» son producto de procesos de despojo y colonización de nuestros territorios.
Como docente de textiles en una universidad, Macqu le demuestra a sus estudiantes que la ropa no tiene por qué seguir los lineamientos de género que nos han enseñado. A través de la exploración cada unx puede crear propuestas desde parámetros que desafíen esa lógica binaria.
Como he mencionado en otros textos, hay muchos cuerpos a los que no nos interesa en absoluto caber en concepciones preestablecidas de vida y es aquí donde estas corporalidades rompen con imposiciones y transforman las imágenes preconcebidas de habitar los géneros.
Retomando como opera el privilegio blanco en nuestros cuerpos y que establece la categoría «mujer», es importante destacar que la racialización definió a los cuerpos colonizados de mujeres como inferiores. En relación con esto, Mar nos recuerda la importancia de reconocer las violencias heredadas que mujeres antes que nosotrxs han vivido y cómo estas violencias raciales se entrelazan con las imposiciones de género:“Hay violencias que mi mamá me comparte con dolor y al mismo tiempo replica sobre mí. Ella también pasó por lo mismo de alguna forma, quizás más cruel. Mi abuela era una persona violenta y racista. Mi mamá me contaba que mi abuela le pasaba el Pashte en la cara con mucha presión para intentar «quitarle el color de piel» y le alisaba el pelo todo el tiempo.” Es aquí donde se vuelve inevitable comprender la subordinación de género separada de la inferiorización racial.
Si bien Mar y Macqu encuentran en sus expresiones masculinas formas de habitar sus identidades como mujeres lesbianas, las experiencias trans masculinas nos invitan a reflexionar sobre otras formas de relacionarse con el género impuesto al nacer. El desafío no es menor: ¿cómo construir una masculinidad que no replique los mandatos coloniales cis-heterosexuales?
Marco, estudiante de medicina y hombre trans, comparte con Mar y Macqu el rechazo a estas masculinidades hegemónicas, aunque su tránsito lo ha llevado por caminos distintos en la construcción de su identidad.
“Recuerdo empezar a sentirme tan inconforme que en primer año de bachillerato me obsesioné con adelgazar. Adelgacé, pero me seguía sintiendo inconforme y me empecé a dar cuenta que, aunque en ese momento no lo entendía completamente, lo que me hacía sentir incómodo eran tener una corporalidad femenina. No me gustaban mis caderas y mi pecho. Empecé a hacer ejercicio, ya no para verme más mujer sino para intentar eliminar esas partes de mí.”
Marco recuerda los inicios de su transición como una etapa en la que su horizonte era encontrar formas de habitar la corporalidad que deseaba. En esa búsqueda siempre enfrentó exigencias externas respecto al género y la sexualidad. Cuando su corporalidad era leída como mujer, fue constantemente señalado por su atracción hacia otras mujeres, su gusto por el fútbol y sus expresiones corporales y de género masculinas. Al transicionar, las exigencias se transformaron. Ahora Marco debía performar en su totalidad una masculinidad impuesta que no permitía hacer visibles ciertas sensibilidades, expresiones o prácticas como el baile.
Como estudiante de medicina, Marco señala momentos en los que su existencia es constantemente un debate público. En el entorno académico enfrenta lecturas contradictorias sobre su identidad que evidencian las limitaciones de los marcos binarios de comprensión. Simultáneamente, ciertos espacios entre compañeros están marcados por conversaciones que reproducen masculinidades hegemónicas que le resultan ajenas e incómodas. Marco navega así entre múltiples formas de no-reconocimiento que continúan siendo un desafío para las personas trans.
“Mi pensamiento nunca fue «quiero llegar a ser hombre», si no «quiero llegar a sentirme bien conmigo mismo». La búsqueda de ese bienestar se alineó con muchos aspectos de la masculinidad, pero eso fue hasta el año pasado. Fue toda otra lucha, porque a pesar de que ya había llegado un punto donde me gustaba lo que veía, sentía que no era hombre. Sentía que no era suficiente. Ahora pienso «soy un hombre trans y me gusta el hombre que soy»” recuerda Marco.
La experiencia de Marco evidencia que transicionar no implica únicamente transformar el cuerpo, sino imaginar nuevas formas de transfigurar el género y recorrer las identidades.
Las existencias de Mar, Macqu y Marco nos revelan cómo los espacios cotidianos —académicos, sociales, corporales— operan como sitios de negociación constante donde las identidades que no responden a un sistema colonial (y por ende, binario) de género, deben responder simultáneamente a múltiples regímenes de expectativa.
Con este texto quisiera dejar una incitación para que continuemos deshaciendo las categorías de «mujer» y «hombre» a las que forzaron nuestros cuerpos y para que desbordemos con nuestros cuerpos prietos, trans, disidentes y no binarios los dispositivos que se nos impusieron.
1: Término introducido por Michel Focault que define la red heterogénea de elementos bajo los que actúa el poder disciplinario a través de estrategias como la vigilancia. Este dispositivo se instaura de manera microfísica, es decir, circulando en la cotidianidad de las dinámicas sociales y logrando la normalización de la conducta sin necesidad de que exista la violencia física.
2 En Género y Descolonialidad, María Lugones retoma a Oyeronké Oyewúmi entendiendo el género binario como un régimen colonial que insertó la noción de “mujer” sobre los cuerpos racializados y subalternizados de hembras.







