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Autoritarismos digitales: sobre poder, comunicación y democracia en disputa

Autoritarismos digitales: sobre poder, comunicación y democracia en disputa

Por Gabriela Paz López

Nayib Bukele gobierna desde hace más de cuatro años bajo un régimen de excepción que suspende derechos fundamentales, concentra poder y redefine las reglas del -otrora- juego democrático. A pesar de ello, su figura mantiene niveles de confianza extraordinarios frente a anteriores presidentes. La Encuesta de Opinión Pública de la UCA de junio de 2026, revela que, la ciudadanía salvadoreña le otorga una nota de 8.24 sobre 10, y que más del 54 % declara tener “mucha confianza” en él como gobernante. (Instituto Universitario de Opinión Pública, UCA, 2026). La incongruencia es evidente: un presidente que erosiona la institucionalidad democrática, pero que al mismo tiempo se sostiene aún como el líder más popular de la región.

La pregunta que abre este fenómeno es inevitable: ¿cómo se construye y se sostiene esa confianza en medio de un contexto político autoritario? La cultura política salvadoreña se alimenta de una historia atravesada por dictaduras militares, guerras civiles y transiciones democráticas incompletas. Durante décadas, el poder se ejerció desde la imposición y el control vertical, con medios de comunicación subordinados y una ciudadanía acostumbrada a que la política fuese un terreno de obediencia caudillista y delegatoria, más que de liberación. 

La búsqueda de posibles respuestas a este fenómeno nos conduce al terreno de la revisión de los autoritarismos digitales, un fenómeno que combina propaganda, saturación mediática y control narrativo en las plataformas sociales. En El Salvador, este nuevo autoritarismo se sostiene sobre viejas prácticas de dominación política y sobre una cultura que, en gran medida, normaliza la centralización del poder, la reducción del pluralismo y claro, la desvinculación de la democracía.

El concepto de autoritarismo digital aportado por Armen Mirzoyan en Digital Authoritarianism as a Modern Threat to Democratic Stabilit, se refiere al uso sistemático de tecnologías de comunicación y plataformas digitales para consolidar poder político, controlar narrativas y limitar la pluralidad democrática a través de la vigilancia masiva, ciberataques, censura de información y uso de datos ciudadanos para manipular conductas sociales y políticas. Su objetivo es consolidar poder y suprimir la disidencia entre actores, ajustándose a los avances tecnológicos y redefiniendo las nociones de libertad en la era digital. No se trata únicamente de censura, sino de una estrategia más sofisticada: saturar el espacio público con una sola voz, invisibilizar la crítica y convertir la interacción digital en legitimación política. (Mirzoyan: 2023).  

Históricamente, los regímenes autoritarios han controlado la radio, la televisión y la prensa escrita. En el siglo XXI en un mundo global digitalizado, las disputas políticas se ha trasladado también a las redes sociales y a los algoritmos digitales. El informe The Radical Digital Right in Latin America (PUC-Rio & University of Arizona, 2024) analiza cómo líderes como Bolsonaro en Brasil, Bukele en El Salvador, AMLO en México y Ortega en Nicaragua han instrumentalizado las redes sociales, el uso de bots (cuentas falsas masivas), y campañas digitales para radicalizar apoyos, invisibilizar o atacar oposiciones, y legitimar proyectos autoritarios bajo retóricas de modernización.

Los tecnolíderes, esas corporaciones que controlan las plataformas digitales y los algoritmos, deciden qué vemos y qué pensamos que es relevante.  No son actores neutrales en el tablero político. Diversos estudios han mostrado cómo las grandes empresas tecnológicas se convierten en aliados tácitos, e incluso explícitos, de proyectos de ultraderecha que buscan colonizar el espacio digital. El mismo informe documenta cómo las propuestas de derechas radicales en la región han utilizado las plataformas digitales para difundir propaganda, manipular emociones y construir comunidades virtuales de apoyo, con la complicidad de algoritmos diseñados para maximizar la viralidad y el engagement (la fidelización), sin importar el costo democrático.

Lo que emerge es una alianza incómoda: propuestas electorales que permiten que los discursos de odio contra diversos objetivos: migrantes, feministas, personas sexo disidentes, defensores de derechos humanos, y las narrativas autoritarias como respuesta frente a sus propuestas, se conviertan en contenido privilegiado que se consume por las masas conectadas.

El algoritmo, ese nuevo censor invisible, no distingue entre verdad y mentira, entre realidad o ficción creada por la IA, entre pluralismo y propaganda; solo premia lo que genera interacción y likes. Y en esa lógica, los proyectos políticos de ultraderecha encuentran un espacio fértil para amplificar su mensaje, invisibilizar a sus críticos y moldear la conversación pública.

Dos jóvenes que viajan en transporte público se aíslan en las redes, consumen información sobre política de derecha del contexto nacional y global. Imagen creada con IA

Volviendo a El Salvador, el éxito de Bukele se ampara en la narrativa de su control sobre la seguridad de la ciudadanía. La encuesta de la UCA muestra que la seguridad pública y en concreto el declive de las maras, es percibida como el principal logro del gobierno (77.4 %), mientras que la economía es vista como el principal problema (37.3 %). La narrativa de seguridad eclipsa las denuncias de violaciones a derechos humanos: apenas un 2.8 % de las personas menciona el encarcelamiento de inocentes como fracaso del gobierno (UCA, 2026). El régimen de excepción se legitima digitalmente. Las imágenes de capturas masivas, los discursos de mano duran, de necesidad de mantener el régimen y las campañas que presentan al presidente como garante de paz, circulan en redes sociales y medios oficiales. La confianza no se construye en el debate plural, sino en la repetición constante de una narrativa única y programada y en el control militar de los territorios. 

El análisis de Baltazar Landeros, en Desinformación y Autocracia (2023, CLACSO) es clave para entender la estrategia de control mediático de Bukele. Su comunicación política digital desplaza a los medios tradicionales y convierte las redes sociales en el espacio central de legitimación. Las transmisiones en vivo se convierten en espectáculo político, los memes y el lenguaje juvenil conectan con audiencias jóvenes, y los ataques coordinados contra críticos los etiquetan como “enemigos del pueblo”, mientras el séquito de youtubers aliados diversifica y amplifica su voz. La saturación mediática no solo informa: moldea percepciones, construye emociones y genera un sentido de pertenencia digital.

Bukele ha cooptado el control de la posibilidad de utilizar las redes como un campo de instalación de su narrativa, particularmente utilizando los medios públicos a su disposición (canal 10, Diario El Salvador, cuentas oficiales de instituciones públicas en redes sociales), según El Primer Monitoreo de Propaganda Electoral de Acción Ciudadana (noviembre 2023), un esfuerzo realizado en el último periodo electoral, se documenta que, entre agosto y octubre de 2023, el Gobierno de Bukele invirtió más de 2.8 millones de dólares en propaganda a favor de sostener su propuesta electoral, mientras que las otras candidaturas partidarias (Nuestro Tiempo, ARENA, FMLN, VAMOS) apenas alcanzaron 59,400 dólares.

En octubre del mismo año, el oficialismo concentró el 93% de la pauta detectada en medios tradicionales, mientras que partidos opositores como Nuestro Tiempo apenas lograron un 7%. El informe concluye que la publicidad gubernamental se “disfraza” de propaganda institucional, pero en realidad busca beneficiar directamente al partido Nuevas Ideas y a la figura presidencial (Acción Ciudadana, 2023).

Entre viejas y nuevas estrategias que mantienen el poder a través de narrativas populistas y autoritarismo

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El autoritarismo digital no opera en solitario ni se limita a lo virtual. Bukele lo acompaña con un conjunto de estrategias clásicas y contemporáneas que refuerzan su poder. El control de los poderes del Estado es evidente: la Asamblea Legislativa y la Corte Suprema han sido reconfiguradas para garantizar obediencia y eliminar contrapesos. La centralización de servicios públicos, desde la salud hasta la seguridad, el cierre de espacios de construcción de política pública desde los territorios, todo ello, refuerza la figura presidencial como único garante de bienestar. La opacidad en la comunicación se manifiesta en la ausencia de conferencias de prensa abiertas y en la sustitución de la información oficial por transmisiones unidireccionales y el ocultamiento y censura de la información pública. La imagen de éxito tanto al interior como fuera del país, se sostiene en el control de las pandillas, presentado como el gran logro, aunque invisibiliza las denuncias de detenciones arbitrarias y violaciones de derechos humanos que ya se han documentado a nivel nacional en internacional.

La violencia contra las mujeres experimentada en los círculos más íntimos y cotidianos, permanece oculta en la narrativa oficial, desplazada por el discurso de seguridad frente a las maras. Finalmente, la persecución y castigo político a críticos y detractores se convierte en práctica sistemática: periodistas, defensores de derechos humanos y opositores enfrentan campañas de difamación, procesos judiciales y hostigamiento digital, además de criminalización y exilio, por documentar lo que el régimen quiere borrar. Estas estrategias, combinadas con la saturación digital, configuran un modelo híbrido de autoritarismo que mezcla viejas prácticas de control institucional con nuevas formas de hegemonía comunicacional

Los spots gubernamentales analizados por Acción Ciudadana muestran dos narrativas centrales: la seguridad y la modernidad. Ver, oír y callar bajo la tutela de las pandillas, contrasta el pasado violento con el presente de control estatal, mientras que anuncios sobre obras públicas e infraestructura presentan al gobierno como motor de progreso y desarrollo. Ambas narrativas refuerzan la figura presidencial como garante de orden y modernidad, invisibilizando las críticas sobre derechos humanos y corrupción estatal.

El caso salvadoreño dialoga con otras experiencias latinoamericanas. Bolsonaro en Brasil utilizó WhatsApp y fake news para movilizar bases y votos; AMLO en México convirtió las conferencias mañaneras en un mecanismo de saturación mediática; Ortega en Nicaragua consolidó un control absoluto de medios tradicionales y persecución digital. Bukele, en cambio, combina propaganda estatal, saturación digital y marketing global, proyectando su imagen más allá de las fronteras nacionales.

Los riesgos de este control digital son múltiples: reducción del pluralismo informativo, invisibilización de la oposición crítica, uso de recursos públicos para propaganda partidaria y normalización de la vigilancia y la autocensura. La encuesta de la UCA muestra que un 34.2% de salvadoreños cree que es “muy probable” sufrir consecuencias por expresar críticas en redes sociales (UCA, 2026). Sin embargo, el autoritarismo digital no necesita censura explícita: basta con saturar el espacio público con una narrativa única.

Ante este escenario, la ciudadanía necesita desarrollar competencias digitales críticas: alfabetización mediática para identificar propaganda disfrazada de información, detección de desinformación para reconocer campañas coordinadas y narrativas falsas, comunicación participativa para construir narrativas alternativas en redes, seguridad digital para protegerse de vigilancia y ataques en línea, e incidencia política digital para disputar el espacio simbólico con creatividad y rigor, acciones sumamente complicadas en una sociedad mayoritaria acostumbrada únicamente a sobrevivir y con baja alfabetización digital. Sin estas competencias, la democracia corre el riesgo de reducirse a un espectáculo que excluye a los siempre excluidos.

El futuro político salvadoreño y de la región se juega en las redes, bajo la sombra de la ilegalidad, la inconstitucionalidad y el bastante probable fraude electoral. La pregunta es: ¿podrá la ciudadanía desarrollar las competencias digitales necesarias para disputar este terreno y recuperar la pluralidad democrática? Esto, forma parte del más reciente desafío para un pueblo que desafortunadamente sabe de los múltiples rostros del sufrimiento y opresión, pero también luchar dentro de la movilización organizada cuando no le queda más remedio. Más allá del mundo digital, únicamente la realidad objetiva que se escapa a las retoricas del éxito, esas que no esquivan la pobreza, el padecimiento, podrán ser parte de los desencadenantes que inviten a la ciudadanía a repensar la necesidad de nuevos tiempos y un poco de movilización en el terreno de la esperanza. 

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