“En el camino me di cuenta de que yo soy mi casa” – Sarahí
Hay cosas que la Casa reconoce antes que nosotrxs. Conoce el peso de tu cuerpo al caminar, el rincón exacto en el que se pueden ver las nubes detrás de la silueta de un poste de luz, las cosas que se callan y luego pesan, las esquinas de los muebles en las que de niñxs nos golpeamos un dedo del pie, las palabras de una madre que un día nos hicieron daño y el silencio de un padre que con el tiempo fue abriendo heridas. Hay veces en que sabe de nuestra partida antes que nosotrxs mismxs. ¿Qué guarda esa Casa cuando unx se va? ¿cómo se construye la Casa en otro lugar?
Larissa creció en la San Luis, San Salvador, en una casa que siempre estaba en construcción —su mamá es arquitecta y la casa fue siempre su obra inacabada—. Desde la ventana de su cuarto se veía el palo de mangos que mochaban anualmente para que retoñara más frondoso. Sarahí, en Tegucigalpa, habitó tres casas al mismo tiempo: la de los pastores que eran sus padres de crianza, la de su mamá los fines de semana y la de sus abuelos en diciembre. Ninguna del todo suya. Las tres, sin embargo, la conocían.
Antes de una partida, unx aprende a vivir en los márgenes de esa Casa. Al mismo tiempo, se vive en los márgenes de un país.
Desde la terraza de la casa donde Sarahí pasó su adolescencia se podía ver un río y muchos árboles. Siempre había pájaros. Era lo único que siempre estaba igual en casas donde las personas iban cambiando, donde la religión fue apretando despacio, y donde comenzó a hacerse preguntas que nadie quería escuchar ni acompañar.
Para Larissa, su cuarto fue el primer territorio propio en una casa llena de ausencias y rupturas. Hoy, las memorias de ese lugar que ya no se siente como suyo llegan en forma de sonido y de luz: las campanas de las cinco de la tarde de la Parroquia La Sagrada Familia, el momento exacto del año en que la luna lo iluminaba todo, las flores del saúco amarillo de los vecinos cayendo del otro lado de la ventana.
Las Casas también guardan lo que algunas veces afuera no se sabe: violencias, ausencias, complicidad y silencio. En la casa de San Salvador fue Lila, la trabajadora del hogar, quien cumplió un rol de crianza, hasta el 2021 en el que falleció y Larissa comenzó a enfrentar aún más soledad. También habitó la casa de su padre, aunque con mucha menos frecuencia y comodidad porque esa casa nunca se sintió suya. Subir a la segunda planta de esa casa siempre generó molestia, porque significaba quedarse a dormir en un espacio en el que no pertenecía e incluso del que no se guardan muchos recuerdos, como si la memoria misma decidiera no habitarlo.
Por su lado, Sarahí comenzó a hacerse preguntas importantes sobre la religión y su identidad sexual, comenzó a travestirse y darle lugar a los deseos de su cuerpo. En la planta baja de la casa con su mamá, su hermano de crianza —quien se hizo pastor— arrendaba el espacio, de modo que cada vez que Sarahí salía, su cuerpo tenía que cruzarse con esa mirada conservadora. Ella nunca se escondió ni se contuvo para no incomodar: ocupó los espacios sin pedirle permiso a nadie, y fue precisamente esa presencia sin pedir perdón la que fue escalando la violencia. Estas preguntas y exploraciones siempre encontró formas de habitarlas, aún cuando la represión fue siendo cada vez más evidente. Sarahí comparte que Honduras es un país donde gobierna la religión misma, por lo que todo gira alrededor de esa construcción ideológica.
Hay un momento en el que los pies dejan de reconocer el suelo. El cuerpo necesita trasplantarse y escoger la tierra donde la identidad escogida pueda seguir germinando.
Larissa se fue a los dieciocho, menos de un año después de que Lila muriera y casi dos años después de que muriera su papá. Llegó a Buenos Aires para estudiar la Licenciatura en Psicología. La palabra “casa” comenzó a tomar otros significados en las noches en que la comida no alcanzaba y junto con sus amigxs empezaron a unir lo que cada unx tenía para cenar juntxs. “Yo pongo esto, vos ponés aquello”. En esa pequeña costumbre algo empezó a parecerse a un hogar.
Sarahí vivió primero un proceso de migración dentro de su país a sus veinticuatro años, moviéndose a una ciudad llamada La Ceiba. De ahí bajó hacia el sur, cruzando Centroamérica entera hasta llegar a Ciudad Autónoma de Buenos Aires, lugar donde ahora vive en un edificio recuperado por una organización feminista y estudia una maestría en Arte Terapia. Este ha sido el primer lugar en el que sintió, desde el primer día, que podía llamar hogar.
Hay un primer acto de identidad y memoria en meter frijoles y queso en la maleta, en encontrarte —en ese nuevo lugar— con personas que pronuncien las palabras del mismo modo que vos, en colgar algo en la pared que hable de donde unx viene, en conseguir maseca para hacer tortillas y siempre mantener fruta sobre la mesa.
La Casa se comienza a re-dibujar desde los deseos, sueños y delirios propios. Para Larissa, la Casa se ha redibujado a través de esas nuevas redes afectivas. Para Sarahí, escarbando y haciendo realidad los deseos de ese nuevo cuerpo y recreando la comida que les vincula con sus raíces.
Casa se vuelve un significante que no deja de tomar formas nuevas. Una palabra que viaja con el cuerpo, buscando dónde posarse. Pero en ese trayecto hay algo que sí se vuelve certeza: que la próxima casa no va a tener un piso de arriba que el cuerpo se niegue a subir, ni unas escaleras que haya que calcular antes de bajar. Que va a ser un lugar donde el cuerpo pueda descansar de la hostilidad que ya existe afuera, porque migrar también es decidir que uno no va a seguir habitando los márgenes de su propia casa.
