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Perla: una mujer que eligió florecer

Perla: una mujer que eligió florecer

Por: Concha Armas

“Hay que ser sinvergüenzas, descaradas. No podemos vivir siempre a escondidas, aquí está la colectividad, apoyándote, para que te destapés al mundo.”

-Extracto tomado de la historia de La Bicha, del libro “ “Históricas:  Cuando las memorias se transforman en esperanza”

Perla tiene 66 años. En una región, como Centroamérica,  donde a muchas mujeres trans se les ha negado incluso la posibilidad de envejecer, su existencia es, en sí misma, una forma de resistencia. No es una metáfora, en América Latina, distintos informes han señalado que: “la vida de las personas trans está atravesada por la violencia, la exclusión y la falta de acceso a derechos básicos como la salud, la educación y el trabajo”, (Cuellar & Heinrich Böll Stiftung, 2023). En ese contexto, llegar a la adultez mayor no es común, Perla es la muestra de años de resistencia y determinación, de lucha constante frente a la crueldad del sistema.

Perla: una niña que nadó contra la corriente

Desde muy pequeña, Perla entendió que su existencia incomodaba. A los cinco años, ella no conocía aún las palabras adecuadas para describir lo que le pasaba, pero dentro de ella sabía muy bien que era una niña, a pesar de todos los castigos que enfrentaba por no ser, ni comportarse como el niño que su familia esperaba: “Cuando yo tenía cinco años, yo no sabía nada, pero miraba a mis hermanas, que les  gustaba maquillarse. Yo las observaba a ellas, como lo hacían y cuando se iban  agarraba los maquillajes y me pintaba, pintada podía reconocerme a mí, a Perla, y así fui creciendo, estando segura de que yo también era una niña”.  

A los diez años, Perla fue expulsada de su casa. No hubo explicaciones largas, ni despedidas, solo el rechazo,  de un momento a otro, dejó de tener un lugar al cual volver. No sabía qué hacer con su vida, no tenía un plan, ni a dónde ir.  En Centroamérica, según la Red Lactrans, los datos sobre las violencias que viven las personas trans son escasos: “un reto que enfrenta América Latina es el vacío que existe respecto a la recolección de datos diferenciados sobre las personas trans, dado que muchos países aún no cuentan con el reconocimiento de la identidad de género, y por lo tanto no la incorporan en los formularios de registro, tanto de documentación, como de casos de muerte violenta.”, (Red Lactrans & Centro de documentación y situación trans de América Latina y El Caribe, 2024), sin embargo la misma Red Lactrans, asegura que hasta 2019, “77% de las personas trans son expulsadas de sus hogares durante la infancia”, (SUN, 2019).

Perla recuerda las dificultades que vivió en esos años: “Dormí en las calles, en los cafetales, en los puentes. Si llegaba la noche, en la calle me quedaba a dormir”. Aprendió a sobrevivir antes que a vivir. Sentía frío y hambre, aún recuerda esa cruda e hiriente sensación de soledad, pero en medio del dolor y el medio, encontró algo que muchas veces el sistema nos niega a quienes decidimos fugarnos de las normas: una red, paradójicamente en la calle, fue la primera vez que Perla entendió que no estaba sola: “La gente se comenzó a acercar a mi, “no te sintás mal, no estás sola”, “nosotros somos tus amigos y te vamos a ayudar”, me decían”. Otras personas LGBTIQ+ la acogieron, y a pesar de que esa red estuviera atravesada por la precariedad, se sostenían entre todxs: “A la primera que conocí fue a una amiga, me juntaba con ella, fue una gran amiga mía, esa chera me sacó del vicio, ella y mis otras amigas me mantuvieron viva, me apoyaron siempre”. 

Una opción para sobrevivir

En una sociedad donde estructuralmente se nos niega el acceso a condiciones de vida digna, Perla cuenta: “Empecé a trabajar en la prostitución a la edad de once años. Mis amigas trans me dijeron: “te vamos a enseñar cómo vas a cobrar, con quién te vas a subir, y cómo te vas a subir a los carros”, y así empecé a trabajar”, sin embargo es evidente que a los 11 años Perla vivia situaciones de abuso sexual, la UNICEF explica: “El abuso sexual infantil está mediado por una relación desigual de poder, que implica a un niño, niña o adolescente como víctima y a una persona adulta o coetánea como agresora (…), se expresa al  propiciar y obligar a niñas, niños o adolescentes a la realización de prácticas sexuales, y utilizar a niñas, niños o adolescentes en la comercialización o explotación sexual” (UNICEF), ahora bien, “las infancias trans corren un riesgo desproporcionadamente alto de ser víctimas de trata y explotación sexual por diversas razones relacionadas con la discriminación, el rechazo familiar y la falta de intervención de los sistemas gubernamentales” (McKim, 2021).

Durante sus años en la calle, Perla vivió muchas experiencias violentas, recuerda, con claridad dolorosa, una agresión que la dejó al borde de la muerte: “Una vez llegaron dos sujetos y me pidieron servicio para ambos. Me subieron a una camioneta, y avanzado el camino me dijeron: “Hoy  te vas a morir”. Me golpearon, me robaron todo, dentro del carro vi un corvo (machete), y yo pensé: “Es verdad, me van a matar”, en ese momento intenté tirarme del carro, cuando lo hice, me jalaron del pelo tan fuerte que se quedaron moños de mi pelo en sus manos, pero yo llevaba medio cuerpo fuera del carro,  iba pegando contra el pavimento. Se me rompió toda la piel. Pasé nueve meses y medio en recuperación, comiendo solo queso y tortillas”. 

Datos recientes muestran que “América Latina concentra un número desproporcionada de asesinatos de personas trans a nivel global, con cifras que superan el 70% de los casos registrados en el mundo” (Bio & Pannell, 2025), esta  violencia es estructural, y tiene consecuencias directas en la posibilidad de vivir, de envejecer y de existir.

El mundo no era justo, pero Perla aprendió a resistir

A esa violencia se sumó otra: la del abandono emocional. Su familia no volvió, ni siquiera estando al borde de la muerte. Con el tiempo, ese rechazo se convirtió en una herida más profunda: la certeza de no ser elegida por quienes debían haberla protegido. En medio de esa soledad, Perla también enfrentó el sistema penal: “Estuve presa  ocho años, yo tenía un supuesto amigo que me  había dado donde vivir, él se implicó en un robo y cuando la policía llegó y encontró las cosas robadas en la casa, él dijo que había sido yo, la policía no lo dudo ni un momento, cuando me detuvieron me dijeron: “los culeros siempre son culpables””.  

En sus años en prisión Perla se dedicó a aprender: “Aprendí oficios, aprendí que si mantenía las manos ocupadas mi mente se despejaba, yo intenté suicidarme una vez estando en la cárcel, no lo logré, y aprender me salvó de ese pensamiento, en la cárcel también aprendí a resistir de otra forma. Cuando salí, no salí intacta, pero salí viva y con la fe de que iba a salir adelante”. 

Perla decidió seguir caminando

Durante su adolecencia, Perla recibió un diagnóstico que volvió a ponerla frente a la muerte: “Ejerciendo  la prostitución, un hombre me contagió de VIH.  Mi doctor le dijo a mi mamá que me quedaba poca vida si ella no firmaba la autorización para darme medicina,  pero ella  me dio la espalda. Entonces el doctor me dijo:  “no tenga pena, yo voy a firmar”,  desde ese momento sigo en tratamiento, sin ayuda de nadie, solo con Dios que me mantiene sana”.

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El camino no ha sido sencillo, hay días con mucho cansancio, días en que Perla admite querer rendirse, pero también ha habido algo valioso: su comunidad. Amistades que celebraron sus cumpleaños cuando su familia nunca lo hizo, personas que, sin compartir su sangre, eligieron quedarse. Esa red, construida desde la experiencia compartida ha sido clave en su vida. Porque si algo demuestra la historia de Perla es que la familia también se construye.

Perla es esperanza

“Hoy tengo un trabajo, tengo un espacio donde vivir,  tengo a un niño en mi vida,  que aunque no lleva mi sangre me quiere como si fuéramos familia, yo  he decidido cuidarlo  y apoyarlo, lo cuido con el amor que yo nunca recibí, él, mi niño, me ayudó a salir de la calle, ya no consumo alcohol, ya no me expongo a los peligros de antes, mi vida no es perfecta, pero es mía, por primera vez me siento dueña de mi vida”.

Perla hoy habla de todo lo que vivió, se ríe con sus amigas, pero  también nombra su tristeza: “Mi corazón está profundamente lastimado, pero tengo deseos de vivir, tengo voluntad y manos para trabajar”. 

En un contexto donde históricamente se ha señalado que muchas personas trans no llegan a edades avanzadas debido a la violencia y la exclusión, la vida de Perla rompe esa narrativa. No niega la violencia, pero la desafía. Perla es una mujer trans adulta mayor, y eso ya incomoda a las estadísticas. 

Así como la de Perla, hay muchas otras historias de mujeres trans que enfrentaron  el rechazo y la violencia de un sistema que se niega a dejarnos vivir, pero hoy siguen aquí, de pie, felices, construyendo colectivamente un mundo justo y digno para todas. Si te gustaría leerlas te invitamos a descargar el libro: “Históricas:  Cuando las memorias se transforman en esperanza” , un proyecto de Acuerpadas y el  Colectivo Pedrina, que cuenta la vida de 8 mujeres trans y travestis del occidente de El Salvador, a través de la esperanza, para recordarnos la importancia del trabajo colectivo. 

El 31 de marzo de cada año, conmemoramos el día de la visibilidad trans, y es un buen momento para mirar de frente estas historias, y asumir nuestra responsabilidad en la construcción de sociedades más inclusivas, porque es importante exigir cambios reales, entender que acceder a condiciones de vida digna debería de ser una posibilidad para todas las personas. 

“Ámense, cuídense y luchen. Si permanecemos juntas todo va a salir bien.”

-Perla

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