¿Soy feminista si defiendo el derecho a decidir, exijo corresponsabilidad en la anticoncepción y rechazo el acoso callejero? Aunque muchas mujeres dudan en nombrarse feministas por miedo a ser llamadas “radicales”, el feminismo hoy se vive en lo cotidiano: en la lucha por los derechos reproductivos, la igualdad laboral, la justicia menstrual y la corresponsabilidad en el hogar. Esta reflexión explora por qué todavía avergüenza decir “soy feminista” y cómo los feminismos actuales siguen transformando la vida diaria.
Me dijo que nunca lo había pensado. Que no le gustan las feministas radicales, esas que protestan y se quitan el brasier. Que cree que no importa que haya cambiadores de bebés solo en el baño de mujeres. Que el feminismo era cuando se luchaba por el voto y el trabajo.
Pero mientras hablaba entró en un trance de reflexión en voz alta, mencionó que los hombres también deberían hacerse responsables de la anticoncepción, que no le gusta el acoso en la calle, que las mujeres deberían poder decidir si interrumpir un embarazo, que ella sufre muchos dolores menstruales y que esos días debería poder no ir a trabajar y que los productos menstruales deberían ser gratuitos.
Después de una risa larga, de esas medio avergonzadas, me dijo:
“Bueno… sí, pues sí soy feminista, pero no lo andaría diciendo”.
Entonces me pregunté:
¿Por qué nos enseñaron a avergonzarnos del feminismo? ¿Por qué nos han vendido como “radical” exigir ser tratadas como seres humanos?
La vergüenza es una herramienta de control. Si logran que nos dé pena nombrarnos feministas, logran que dudemos de nuestra propia dignidad.
El feminismo nació como un movimiento de mujeres blancas, este inicio se centró principalmente en el género y cómo estas estructuras de poder ponían en una situación de desventaja a las mujeres. Hay quienes dicen que las feministas de hoy son radicales, como si esas luchas del inicio fueran “respetables”, casi decorativas, y que el feminismo ya cumplió su función histórica.
El feminismo se nutrió y comenzó a nombrarse desde las voces de las otredades, las decoloniales, racionalizadas, diversas, migrantes, empobrecidas, disidentes… justamente esos feminismos plurales, encarnados, son los que hoy nos representan, que permiten encontrarnos con nuestras propias carnes.
Por esa diversidad es que hoy no hablamos de un solo feminismo, sino de feminismos, porque no hay una única experiencia de ser mujer ni una sola forma de luchar. En esa pluralidad podemos encontrarnos cada una, con nuestra historia, nuestro contexto, nuestras heridas y nuestras resistencias.
Esa ampliación volvió las luchas más incómodas. Porque cuando el feminismo dejó de representar a unas pocas y empezó a incluir a muchas, empezó también a cuestionar más estructuras. Ya no era una “minoría” reclamando algo puntual, éramos muchísimas señalando desigualdades profundas y eso incomoda más.
Por eso la estrategia no es debatirnos, es desacreditarnos. Nos dicen locas, exageradas, radicales. Nos enseñaron que para ser aceptadas hay que ser agradables, no “caer mal”. Y así la vergüenza vuelve a aparecer, como mecanismo de silencio.
Feminismo para la vida diaria
Si escucho con atención lo que dijo mi amiga, lo que estaba defendiendo no era radical, era cotidiano y respondía a sus necesidades. El feminismo no está en un poster en la calle, está en el plato de nuestra mesa, es vida diaria.
Se ejerce cuando en la casa todes colaboran.
Cuando conocés tu cuerpo y lo disfrutás.
Cuando no aceptás que algo injusto es “lo normal”.
Las mujeres practicamos el feminismo todos los días, aunque no lo nombremos así. Y quizá eso es lo más revelador, que la lucha feminista ha sido tan amplia y ha tenido tanto impacto, que muchas de sus conquistas se han ido naturalizando, en lo personal y en lo colectivo.
Gracias a las luchas de otras mujeres, lo que hoy parece “normal” alguna vez fue impensable.
Durante siglos, las mujeres fueron consideradas legalmente dependientes de los hombres, no podían heredar, firmar contratos, administrar bienes propios. El apellido paterno, como primer apellido para las hijas o hijos no es casualidad: responde a una lógica de linaje y propiedad donde la identidad se organizaba alrededor del hombre. Incluso al casarse, muchas mujeres dejaban su apellido para adoptar el del esposo, como señal de pertenencia.
Hoy sabemos que somos personas, con derechos propios. Y eso que ahora damos por sentado fue, en su momento, tachado de exagerado, inmoral o peligroso. Divorciarte porque vos lo deseas, no casarte, o decidir si tener hijos. Nada de eso ha sido un regalo, es lucha constante.
“No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”. Simone de Beauvoir.
Por eso conviene tener memoria. Porque lo que hoy llaman “radical” mañana será sentido común. Y lo que hoy incomoda probablemente es lo que está empujando el siguiente “impensable” a convertirse en realidad.
Y no tengás miedo de nombrarte feminista.
No hay un feministómetro que mida si sos suficiente, ni una cantidad de marchas en las que hayás participado para ser feminista.
El feminismo se parece más a construir una casa. Son importantes los cimientos, pero también la cerradura. La estructura y el detalle. La marcha multitudinaria con pancartas y batucadas, y la conversación incómoda en la intimidad del hogar. Esos microfeminismos cotidianos son potentes, porque es la práctica diaria la que sostiene las grandes transformaciones.
Para ser sincera, al terminar la plática con mi amiga, no necesitaba que ella se llamara feminista, ni quería convencerla de nada, porque el feminismo no es una credencial, es una práctica que en primer lugar me hace ser conciente de mi y de cómo quiero vivir.
Después de aquella risa avergonzada, entendí algo:
La palabra incomoda porque también nos cuestiona a nosotras, pero la vida ya cambió. Y eso también es feminismo.
Si querés seguir explorando, un buen punto de partida puede ser el libro Feminismo para principiantes, de Nuria Varela. Ofrece una forma sencilla de entender de dónde vienen muchas de estas ideas que hoy ya se viven en la vida diaria.
