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De pequeña me enseñaron: que si me molestaba era porque “le gustaba”

De pequeña me enseñaron: que si me molestaba era porque “le gustaba”

Sandy Giyola Flores

De pequeña me enseñaron que si un niño me molestaba era porque le gustaba, que, si insistía demasiado, si me hacía sentir incómoda o si no respetaba mis límites, en el fondo era una forma torpe de demostrar cariño. Nadie lo decía con mala intención, al contrario, se decía como un consejo, como una explicación tranquila casi protectora, pero esa frase, repetida tantas veces, terminó enseñándome algo peligroso, que la incomodidad podía confundirse con amor.

Lo que nos enseñaron sin darnos cuenta

En la clase de mecanografía, había un niño que decía a los otros compañeros que yo le gustaba, no lo supe porque me lo dijera con palabras amables, sino porque me perseguía, me jalaba el cabello y me decía cosas hirientes delante de otras personas. Llegó a un punto en que me cambié de horario para no verlo, pero él también se cambió, empezó a llegar más temprano a clases, solo para coincidir conmigo.

Cuando le conté a mi maestra lo que estaba pasando, su respuesta fue sencilla: dijo que creía que lo hacía porque yo le gustaba, incluso llegó a bromear con que, algún día, íbamos a terminar casados, en ese momento entendí que no había un problema que atender, solo una emoción mal expresada.

Fue hasta que se lo conté a mi mamá y ella habló con él, que el acoso se detuvo. Tiempo después, recibí una carta de él, en la que se confesaba y me decía que me quería. Esa carta, lejos de tranquilizarme, me terminó de convencer que el maltrato podía ser una forma de amor.

No fui la única, no soy la unica

En conversaciones con otras mujeres y jóvenes, estas ideas se repiten con distintas formas, pero con el mismo fondo, algunas recuerdan frases exactas que les dijeron cuando eran niñas, otras hablan de la primera vez que alguien hizo algo que las incomodó y aun así lo justificaron. 

“Muchas veces su forma de expresarse hacia mí era un poco subida de tono y lo normalicé con “él es así”, cuenta Karen, de 27 años. Como ella, otras mujeres aprendieron a excusar actitudes, comportamientos que en realidad las incomodaban o lastimaban, pero que fueron disfrazados de un carácter fuerte o de una supuesta forma intensa de amar.

Con el tiempo, muchas aprendimos a silenciar esas señales internas que nos advertían que algo no estaba bien, normalizamos la insistencia, los celos y el control disfrazado de preocupación. “Siempre me decían que quien te cela te ama, pero hoy sé que eso no es amor”, afirma Claribel, de 30 años.

Esa idea de que el amor o el noviazgo todo lo aguanta también se convirtió en mandato, muchas crecimos creyendo que resistir era sinónimo de amar mejor, que soportar era una muestra de madurez y compromiso. “La típica: el amor lo puede y lo soporta todo. Hoy tengo más claro que nunca que no tiene que ser así, sobre todo cuando es tu amor propio y tu integridad lo que está en juego”, reflexiona Yessenia, de 26 años. Su frase pone en evidencia, que no todo lo que se tolera es amor, y no todo lo que duele merece ser sostenido.

Lo que la cultura también nos enseñó.

La cultura, las canciones, las películas y hasta los chistes cotidianos reforzaron la idea de que el amor debía doler un poco y que la insistencia era romanticismo, crecimos escuchando letras que celebraban el sufrimiento por amor, viendo historias donde el protagonista no aceptaba un “no” hasta conquistarla y aprendiendo que aguantar era sinónimo de compromiso y claro poco a poco, esos mensajes se volvieron parte de nuestra manera de entender las pensar.

Películas como A él no le gustas tanto puso sobre la mesa, con humor, algo que muchas no queríamos aceptar una verdad incómoda: muchas veces confundimos indiferencia con misterio y desinterés con timidez. Durante años nos enseñaron a interpretar silencios, a justificar ausencias, a creer que si alguien no respondía era porque “tenía miedo de lo que sentía”. Aprendimos a leer señales donde solo había falta de interés.

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Muchas veces después de experiencias dolorosas algo empieza a cambiar, en nosotras, aparece la pregunta incómoda ¿y si eso nunca fue amor? ¿Y si lo que aprendimos estaba mal? nombrar estas dudas no es fácil, porque implica revisar  el pasado, lo que aceptamos y lo que normalizamos, pero también es un acto de cuidado.

Reaprender también es un acto de amor

Hoy, muchas estamos reaprendiendo, entendiendo que el amor no debería doler, incomodar ni hacer sentir pequeñas, que el respeto no se demuestra insistiendo cuando alguien dice que no, que los límites no son una exageración, sino una forma básica de autocuidado, desaprender estas ideas no borra el pasado, pero sí nos permite construir relaciones distintas.

Tal vez la conversación más honesta no es con quienes nos dijeron esas frases, sino con la niña que fuimos. En las respuestas, algo se repite el deseo de protegerla. “Que el amor no siempre va a doler, aunque a veces lo haga; que no tiene por qué rogar por quedarse o ser elegida”, le diría Karen, de 27 años, a su versión más pequeña. “Siempre tiene que desear y recibir más de lo que merece, porque vale mucho”, afirma Yessenia, de 26. Y Claribel, de 30, lo resume con claridad: “No porque te hablen bonito significa que te quieran”.

Cuestionar, no es exagerar ni buscar culpables es reconocer que esas enseñanzas han tenido consecuencias reales en cómo nos vinculamos, en lo que toleramos y en lo que callamos. Es, también, una forma de proteger a la niña que fuimos y a las jóvenes que hoy siguen creciendo en medio de los mismos mensajes. Hablar de esto importa, porque nombrarlo rompe el silencio, porque decir “esto no es amor” abre la posibilidad de imaginar vínculos más sanos, más justos y libres. 

Hoy entiendo que muchas de esas ideas no eran inocentes, aunque parecieran pequeñas, estoy reaprendiendo, cuestionando, incomodándome incluso con mis propias creencias. Todavía estoy aprendiendo muchas cosas sobre el amor, sobre los límites y sobre lo que merezco y también estoy abierta a romper con lo que me enseñaron si eso significa relacionarme de una forma más sana. Porque, aunque de niña me enseñaron que si me molestaba era porque “le gustaba” hoy estoy aprendiendo que si me incomoda, no es amor y eso lo cambia todo.

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