Génesis R. Cruz
Internet es un territorio político. Esta idea me voló la cabeza y de pronto todo empezó a tener sentido. Y es que hay ideas que llegan para cambiar la manera en que entendemos el mundo.
De los feminismos comunitarios aprendí que el cuerpo es un territorio en disputa. También lo son nuestras comunidades, atravesadas por relaciones de poder, despojos, extractivismo y resistencias. Pero nunca había pensado que esa misma lógica podía explicar lo que ocurre cada vez que abrimos una red social, enviamos un mensaje de whatsapp o subimos una foto en intagram. La investigadora feminista en violencia digital Helen Ocampo lo resume de una forma sencilla y contundente:
“La Internet es un territorio. Tenemos identidades analógicas, que es este cuerpo que yo habito… y ahora tenemos identidades digitales. Tenemos que ser conscientes de que es un territorio y que nuestros datos no están en una cosa etérea, sino que literalmente están en servidores que están siendo controlados.”
Pensar internet como un territorio cambia completamente la conversación sobre la seguridad digital. Ya no se trata únicamente de aprender a usar contraseñas seguras o instalar una aplicación cifrada. Se trata de comprender que habitamos un espacio donde también se disputan el poder, la información, la libertad de expresión y los derechos humanos.
Valeria Aguilar, socióloga y politóloga exiliada nicaragüense, trabaja acompañando organizaciones en temas de seguridad digital, pero su interés en este tema en realidad surgió como un mecanismo de sobrevivencia. Ella tuvo que exiliarse hace alrededor de dos años, justamente por la forma en que la dictadura Ortega Murillo utiliza las herramientas digitales para vigilar, perseguir y castigar opositores. “Yo empecé a tener conciencia sobre la necesidad de tener estos cuidados dentro de Nicaragua, porque allá vivimos en un estado de vigilancia”– me explicó Valeria.
El colectivo Sursiendo de Chiapas, México, plantea que: “Para quienes además vemos este espacio como un territorio en sí mismo [y no solo un medio para cumplir otros fines comunicativos], internet es un espacio público y político” (Sursiendo, 2019, p. 4). Y durante las últimas dos décadas, este vasto territorio digital transformó profundamente la manera en que las personas se organizan, denuncian injusticias y defienden derechos.
Si bien las redes sociales redujeron muchas brechas que hoy nos permiten participar en conversaciones públicas globales, conectaron luchas que antes permanecían aisladas y multiplicaron las posibilidades de documentar violaciones de derechos humanos en tiempo real, ese enorme potencial democrático no vino acompañado de mecanismos suficientes para proteger a quienes habitamos este nuevo territorio. Como advierte Mariela Cuevas (2024), “El avance de la tecnología no ha sido acompañado de una adecuada protección de los derechos digitales” (p. 263).
Este avance tecnológico tampoco ha estado acompañado de procesos de alfabetización digital capaces de formarnos de manera integral en un ámbito que es tan cambiante y complejo. Quienes crecimos con el apogeo de las tecnologías de la información, aprendimos muy rápido a usar plataformas diseñadas para captar nuestra atención, pero aún no comprendemos cómo funcionan realmente, qué hacen con nuestra información y cuáles son los riesgos que implica habitar estos espacios sin conocimiento, sin educación y sin herramientas de pensamiento crítico.
Valeria tuvo que comprenderlo por las malas, para poder sobrevivir a la persecución política. Hoy vamos a intentar dar un paso al frente y entenderlo por las buenas. Porque en un contexto regional marcado por el fortalecimiento de proyectos autoritarios y regresivos en materia de derechos humanos se vuelve cada vez más urgente que todas las personas defensoras en la región aprendamos a no exponernos más de la cuenta.
¿Quién controla ese territorio? Vigilancia, algoritmos y monopolios digitales.
Pensar internet como un territorio también obliga a preguntarse quién ejerce el poder dentro de ese territorio.
Una suele imaginar que internet es un ente abstracto, etéreo e invisible, como una nube literalmente. Pero en realidad buena parte de nuestra vida digital transcurre dentro de servidores físicos privados, muy tangibles, que concentran enormes cantidades de información sobre millones de personas. Como explica Argüelles (2021):
“De la descentralización se ha pasado a la gran concentración. De la libertad que dan los sitios web se ha pasado a las aplicaciones y plataformas cerradas. Monopolios y cercamientos creados desde el Imperio GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), que controlan y deciden cómo nos manejamos en las redes sociales” (p. 47).
La concentración tecnológica no solo implica un enorme poder económico y político para influenciar decisiones, comportamientos y pensamientos. También significa que unas pocas empresas conocen cada vez más aspectos de nuestra vida cotidiana con lujo de detalle. Argüelles (2021) sostiene que “(…) estos imperios y sus alianzas políticas basan su economía e infraestructura en la comercialización de nuestra identidad personal, de nosotros y nosotras. Es el nuevo extractivismo, el nuevo colonialismo corporativo” (p. 48).
Cuando nos aventuramos a navegar por internet dejamos un rastro constante de información muy valiosa a la que se le llama huella digital. Las búsquedas que realizamos, las personas con quienes hablamos, los lugares que visitamos, los horarios en que nos conectamos o incluso cuánto tiempo observamos una publicación se convierten en datos con valor económico y político. Barracón Digital (2026) explica este fenómeno:
“Empresas como Google, Amazon, Meta o ChatGPT manejan volúmenes impresionantes de información personal. A esto se le denomina minería de datos: una forma de vigilancia masiva orientada a interpretar y anticipar conductas” (p. 6).
Los datos, entonces, no son sólo información: son una forma de concentrar poder. El problema es que todo esto pasa sin que nos demos cuenta. Posteamos, reaccionamos a publicaciones, mostramos fragmentos de nuestras vidas en reels, pero no sabemos realmente qué ocurre después con toda esa información o para qué se está usando. Helen me describió esta sensación de incertidumbre con la imagen inquietante de una caja negra:
“Tenemos una caja negra básicamente, en donde la población soltamos información. Pero no tenemos control de qué pasa con estos datos, que fácilmente pueden ser utilizados y nos pueden afectar directamente. El Estado tiene mucha opacidad y no nos da información de cómo y de qué manera se manejan nuestros datos, y hay mucha permisividad a las empresas privadas y sin mayor auditoría.”
Por eso para las personas defensoras, periodistas, organizaciones sociales o movimientos feministas, la información que compartimos puede ponernos en riesgo de vigilancia en contextos autoritarios, tal y como le pasó a Valeria. De hecho Argüelles (2021) recupera la idea del panóptico de Foucault para explicar cómo opera el control en los entornos digitales contemporáneos:
“Las prácticas de las tecnológicas actuales responden al modelo disciplinario y las sociedades de control que teorizaba el filósofo Deleuze, con la referencia al panóptico foucaultiano, es decir, la posibilidad de ser vigilados en todo momento —y de forma retroactiva— gracias a los rastros digitales de nuestra actividad, sin que podamos, en ningún momento, darnos cuenta de cuándo y qué está siendo mirado (…)” (p. 54).
Y no es que la vigilancia y la persecusión política sean propias sólo de la era digital. Pero a diferencia de otras formas de vigilancia del pasado, hoy no es necesario seguir físicamente a una persona, ni invertir horas en investigarla. Basta con reconstruir su vida con un clic, a partir de los datos que deja en los dispositivos que utiliza.
Por eso hablar de derechos digitales no es un asunto exclusivamente tecnológico o técnico. Es la disputa por habitar y existir en un territorio minado, que nos expone, nos vigila y vende nuestra información. También es una disputa por la democracia y por el derecho a la información y a comunicar. Y es una disputa mediada por relaciones desiguales de poder;
“Existen las capacidades tecnológicas y, en algunos casos, la voluntad política para que estemos dando pasos hacia (…) situaciones que vulneran gravemente derechos democráticos básicos, como son la libertad de expresión, el derecho de manifestación y reunión, a la crítica y la protesta, y, en definitiva, también contra el derecho a la intimidad, al trabajo, a la educación, al conocimiento, a tener una vida digna” (Argüelles, 2021, p. 41).
Esa es la paradoja del activismo digital contemporáneo: nunca antes había sido tan fácil convocar una movilización, denunciar públicamente una injusticia o conectar luchas regionales a través de internet. Pero nunca había sido tan fácil vigilar, perfilar y rastrear a quienes alzamos la voz.
Hacer activismo en un territorio que nos vigila todo el tiempo
Para las personas que hacemos activismo, internet es una contradicción permanente. Por un lado para disputar el espacio público necesitamos hacernos visibles, pero esa misma visibilidad puede convertirse en un riesgo.
Y es que buena parte de las organizaciones defensoras de derechos humanos han encontrado en las plataformas digitales un espacio para organizarse, reunirse, comunicar y amplificar sus luchas, e incluso disputar la narrativa pública frente a los grandes medios de comunicación.
Pero esa misma infraestructura que permite encontrarnos también registra todos nuestros movimientos, recopila información, perfila comportamientos y patrones de comportamiento, y moldea la forma en que interactuamos con el mundo. Y recordemos que: “(…) las tecnologías no son neutrales, sino que pueden estar, consciente o inconscientemente, creadas con características que generen ciertos tipos de conductas políticas, sociales y económicas.” (Argüelles, 2021, p. 45).
Las empresas que sostienen el monopolio tecnológico de internet y almacenan nuestros datos, guardan un registro de todos los vínculos que construimos, las organizaciones de las que formamos parte, las personas con quienes nos reunimos y las causas que defendemos.
En Latinoamérica, existe registro documentado por organizaciones como Citizen Lab y Amnistía Internacional sobre el uso de tecnologías invasivas de espionaje contra periodistas, organizaciones sociales y movimientos ciudadanos en países como México, El Salvador y Panamá. Bajo regímenes autoritarios como los de Venezuela y Nicaragua, de hecho se usan con regularidad mecanismos de control, censura y vigilancia digital contra disidentes. “En lugar de utilizarse la tecnología para favorecer y cuidar a la población, se está permitiendo el uso en algunos países de forma totalmente intencional para dar seguimiento a defensoras y defensores de derechos humanos”- apuntó Helen.
Para mí cuando la tecnología facilita la criminalización de personas por alzar su voz, denunciar injusticias o exigir justicia, el asunto deja de tratarse sólo de vigilancia, estamos frente a una disputa de formas de comprender el mundo. Es una disputa de sentidos y una disputa por “la verdad”.
Y es que las plataformas digitales han facilitado la circulación de enormes cantidades de información, pero también de desinformación que busca polarizar el debate público, desacreditar movimientos sociales y sembrar desconfianza. Por eso una de las cosas que más le preocupa a Helen es la sobrecarga extraordinaria de noticias falsas circulando actualmente, mientras la población no tiene alfabetización digital suficiente para saber distinguir entre qué es verdad y qué no. “Estamos consumiendo datos primero, sin saber las fuentes y sin tener conocimiento, o con muy poco conocimiento para corroborar esta información”, concluyó Helen.
Argüelles (2021) nos recuerda que este fenómeno ya ha tenido impactos tremendos en distintos procesos políticos alrededor del mundo:
Facebook se ha alimentado de las fake news, e influyó de forma poco ética en la elección del propio Trump; de Jair Bolsonaro (…) y muchos otros casos documentados. Como decía el propio dirigente nazi Goebbels: «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad», y ahora los gobiernos, partidos, corporaciones y demás organismos con poder tienen los mecanismos —en forma de redes y algoritmos— para que esa mentira llegue personalizada a cada grupo o persona, y la repiten muchas veces.” (pp. 43-44).
En este escenario, el desafío para quienes defendemos derechos humanos ya no consiste únicamente en okupar el espacio digital, sino en aprender a permanecer en él sin que el costo sea nuestra seguridad, nuestra privacidad, nuestra capacidad de pensar por nosotres mismes o nuestro derecho a seguir organizándonos para alzar la voz.
Habitar internet es aprender a cuidarnos
Como la mayoría de gente, yo también pensaba que la seguridad digital consistía en aprender algunos trucos: crear mejores contraseñas, activar la verificación en dos pasos o evitar abrir enlaces sospechosos.
La conversación con Helen Ocampo y Valeria, además de mi viaje por varios textos y manuales para investigar el tema, me hicieron entender que la seguridad digital no empieza en el teléfono. Empieza en la forma en que entendemos el cuidado colectivo y la defensa de internet como un territorio. Helen me confirmó que “casi siempre pensamos en la seguridad digital como una práctica individual que, si la hago bien o no, afecta directamente mis datos y mi individualidad. Pero la cosa es mucho más compleja que eso.”
En los movimientos sociales rara vez trabajamos de manera aislada. Organizamos reuniones, compartimos datos e información, coordinamos acciones, acompañamos procesos comunitarios y mantenemos conversaciones sensibles que involucran a muchas personas. Por eso, cuando una persona se expone, muchas otras también pueden quedar expuestas. Helen me lo explicó con un ejemplo:
“Si mi celular es retenido por un oficial de policía, no sólo da acceso a mi información. Va la información de mi organización, de las personas con las que me contacto, de mi círculo. Por eso nos toca, lamentablemente, hacer lo que nos ha tocado siempre como comunidad: tener una dinámica de autocuidado. El proceso de autocuidado implica cuidarnos entre nosotras y, además, seguir un proceso de capacitación y de comunicación constante.”
La seguridad digital, entonces, deja de ser una responsabilidad individual para convertirse en una ética del cuidado colectivo. No basta con proteger nuestros propios dispositivos si la organización no conversa sobre prácticas comunes, si compartimos información sensible sin protocolos mínimos o si desconocemos los riesgos que enfrentan quienes integran nuestros espacios. Para Valeria Aguilar es importante convertir esa ética del cuidado colectivo, en un hábito y una práctica constante:
“Proteger los dispositivos, verificar la información que compartimos como parte de la corresponsabilidad. Entender que si a mí me vigilan mis redes sociales y yo comparto información con otra persona, esa persona podría quedar vulnerada también. Por eso la seguridad digital no es una cuestión individual, sino colectiva.”
Pero ¡ojo! Hablar de seguridad digital tampoco significa promover una cultura del miedo. Protegernos no significa desaparecer de internet ni dejar de organizarnos y okupar los espacios digitales. Significa aprender a habitarlos con más conciencia y cuidar a quienes caminan con nosotras.
Internet probablemente seguirá siendo uno de los espacios más importantes para encontrarnos, organizarnos, denunciar injusticias y construir comunidad. Buena parte de las luchas sociales de nuestro tiempo han logrado amplificar sus voces precisamente porque encontraron en los espacios digitales una posibilidad para romper el silencio, conectar territorios y disputar narrativas. Por eso la pregunta no es si debemos estar o no en internet. La pregunta es cómo decidimos habitar ese territorio y cómo hacerlo de forma más segura desde pequeñas prácticas cotidianas.
Cada fotografía que compartimos, cada permiso que aceptamos, cada enlace que abrimos y cada conversación que sostenemos deja huellas. Aprender a cuidar esa información es también una forma de cuidar los procesos organizativos, cuidar a las personas con quienes trabajamos y a las comunidades que construimos. “Yo creo que casi siempre pensamos en la seguridad digital como una práctica individual que, si la hago bien o no, afecta directamente sólo mis datos y mi individualidad. Pero la cosa es mucho más compleja que eso.”– mencionó Helen.
Algunas prácticas de cuidado que podemos tomar en cuenta para cuidarnos colectivamente son:
- Activar la autenticación en dos pasos en todas las cuentas que lo permitan.
- Utilizar contraseñas únicas, largas, que alternen números, letras y caracteres especiales, y administrarlas mediante gestores seguros, evitando reutilizarlas en distintas cuentas.
- Mantener actualizados los dispositivos y aplicaciones para corregir vulnerabilidades conocidas.
- Verificar siempre la procedencia de enlaces, archivos y solicitudes de información antes de abrirlos o responderlos.
- Revisar periódicamente los permisos que otorgamos a las aplicaciones y limitar el acceso a nuestra ubicación, cámara, micrófono o contactos cuando no sea necesario.
- Favorecer el uso de navegadores y herramientas que respeten la privacidad, como Firefox y utilizar redes privadas virtuales (VPN) cuando sea necesario proteger la navegación en redes abiertas/públicas.
- Priorizar aplicaciones de mensajería con cifrado de extremo a extremo, como Signal, especialmente cuando se comparte información sensible.
- Conversar sobre seguridad digital dentro de nuestras organizaciones, colectivos y espacios de activismo, entendiendo que proteger la información también implica construir acuerdos comunes y estar en formación constante.
Sin duda, hablar sobre seguridad digital, construir protocolos comunes, identificar riesgos y acompañarnos mutuamente sigue siendo una de las formas más efectivas de fortalecer nuestros procesos de cuidado colectivo. Como plantea Argüelles (2021):
“Necesitamos tecnologías al servicio de las personas para acompañarnos a ser más humanas y sociales. Dando importancia a los procesos, a los afectos y no dejar que nos alejen de nuestros cuerpos, de nuestros círculos sociales, de nuestros territorios, de nuestro entorno” (p. 62).
Esa quizá sea la invitación más importante de la seguridad digital: dejar de entenderla como un conjunto de herramientas técnicas para comenzar a verla como una práctica política de cuidado colectivo.
Porque internet también es un territorio. Un territorio donde existen desigualdades, mecanismos de vigilancia, extractivismo y disputas por el poder, pero también donde florecen redes de solidaridad, aprendizajes compartidos y formas de resistencia que hace apenas unas décadas eran impensables. Como propone el colectivo Sursiendo (2019):
“Podemos defender internet como territorio que habitamos, y que podemos transformar. No se trata solo de ‘estar’ allí, sino de hacerlo desde la complejidad de cuestionar sus entrañas y gozar los espacios digitales con colegas cómplices con las que aprendamos, discutamos y nos ‘encontremos’ desde la escucha.” (p. 6).
Quizá ahí radique el mayor desafío de nuestro tiempo: aprender a movernos por los territorios digitales con la misma conciencia, el mismo sentido comunitario y el mismo compromiso ético, con el que habitamos nuestros cuerpos y nuestros territorios.
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okupar. tr. jerg. De ocupar, con k, letra que refleja una voluntad de transgresión de las normas ortográficas. El término está registrado en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española (RAE). Es una forma jergal y deliberadamente transgresora de escribir la palabra “ocupar”, utilizando la letra “k” para simbolizar inconformismo o protesta social.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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Alexandra Argüelles (2021) Autoritarismo y vigilancia: frente a las distopías tecnológicas, caminemos hacia utopías sociales. En “Violencia digital en México: El Estado vs la sociedad civil”. Sursiendo, Comunicación y Cultura Digital: Chiapas, México.
Barracon Digital (2026) Manual Seguridad Digital con Herramientas Libres. Con el apoyo del FDD de Derechos Digitales. Barracón Digital: Honduras.
George Caffentzis (2020). Herramientas Digitales. En “Pluriverso, Un diccionario del post desarrollo”. Ediciones Antropos Ltda.: Bogotá, Colombia.
Hesse, M. (2009). Facebook Activism: Lots of Clicks, but Little Sticks. The Washington Post. Disponible en: http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2009/07/01/AR2009070103936.html
Mariela Cuevas (2024). Derechos digitales: Retos y deudas para la seguridad y protección en el entorno digital. TEDIC. En “Informe sobre Derechos Humanos en Paraguay 2024”. CODEHUPY. Disponible en https://ddhh2024.codehupy.org.py/wp-content/uploads/2024/12/LIBERTAD-Digitales.pdf
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Sibilia, P. La Intimidad como Espectáculo. Buenos Aires, 2008: Fondo de Cultura Económica de Argentina.
Sursiendo (2019). ¿Territorio internet? Espacios, afectividades y comunidades. Disponible en https://sursiendo.org/2019/03/territorio-internet-espacios-afectividades-y-comunidades/
